Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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Todo vino a reforzar esta creencia.

Cuando telefoneó a su hijo la conversación fue breve, pero la hostilidad era palpable, como una cuerda que le quemara las manos al deslizarse. Llamó a Anne (si había alguna esperanza, estaba en ella), pero por supuesto no contestó. No esperaba que lo hiciera en realidad (habría acompañado a Derek al colegio; racionalmente lo sabía), porque había vuelto a tener aquella vieja sensación de que su suerte había cambiado. Su antigua mala suerte había vuelto. Cuando salió en dirección a la casa de Diana, todo lo que le rodeaba minaba su confianza. En la zona en la que siempre había vivido la mayoría de científicos, entre la autopista y la base, en torno a la única pista de aterrizaje, las calles y caminos empinados eran tan complejos como un mapa topográfico, pero él halló el camino sin dificultad, como si hubiera vuelto veinte años atrás y regresara a casa después del trabajo. En el camino de entrada de una casa, además, como una especie de demostración, divisó un Morris Minor turquesa, el primer coche que él y Diana habían comprado juntos. Y aunque no la había visto en años, reconoció la casa de inmediato. Similar a la de sus vecinos, tenía dos plantas, recordaba vagamente el estilo Tudor y tenía las vigas, los postigos y los marcos de ventanas pintados del mismo color verde oscuro de siempre. Él mismo había instalado la luz del porche y aún estaba allí, una falsa antigüedad de hierro y vidrios de colores. Sin embargo, el soporte que la sujetaba se había doblado y la lámpara estaba ladeada. Sí, todo resultaba familiar, y sin embargo, cada recuerdo y asociación le eran arrancados de sí mismo contra su voluntad.

Se quedó sentado en el coche durante unos instantes con el motor en marcha, como si no se hubiera decidido completamente a pararse. Le parecía increíble que alguna vez hubiera vivido allí, o hubiera pensado siquiera en hacerlo. Sintió una súbita oleada de desprecio por sí mismo. No era extraño, se dijo. Mirando la lámpara se imaginó a Williamson subido a una escalera con el destornillador en la mano, para repararla. La casa, pensó, era el sueño de Williamson hecho realidad. Se odió por haber hecho suyo ese sueño, siquiera durante un minuto, aunque se hubiera resistido. Porque se había resistido, aunque débilmente; se debía esa concesión a sí mismo. El padre de Diana la había comprado para ellos como regalo de boda, no la habían podido rechazar. Pero incluso en aquella época había sentido un vago resentimiento. Y años más tarde, después del divorcio, había pensado en ocasiones que Diana se había casado con él como un medio para escapar de su casa, pero que su padre sencillamente no la había dejado marchar. Era todo tan banal, pensó. Hijas resentidas, padres posesivos, chicos de instituto llenos de inseguridad; menudo serial hubiera sido su vida allí. ¡Qué irreal parecía! Al mirar la casa, rodeada de los impenitentes robles, imaginó una película antigua, una película americana, pero rodada en Gran Bretaña porque el protagonista sería Cary Grant, que conduciría un coche de dos plazas por las calles que quedaban tras él y se detendría allí, donde su chica bajaría corriendo los escalones con la raqueta de tenis en la mano. Zona residencial en un pueblo. Y todo mera ilusión. La ilusión, pensó, era fe. Todo el mundo allí se dedicaba a mirar el traje nuevo del emperador. Claro está que también él había tenido fe, como Diana… pero no estaba seguro, cuando reflexionó sobre ello, de Diana. ¿Se había creído realmente el guión, o se había limitado a representar su papel? Ahora parecía mucho más misteriosa que antes. Recordó que en la época en que habían vivido allí siempre había asumido un aire de superioridad, como si estuviera engañándolos a todos o supiera un secreto que los demás ignoraban. Siempre había dado a entender ese desprecio. ¿Se había extendido también a él? Ciertamente, a menudo había sentido que ella lo respetaba más después de su divorcio que durante su matrimonio. Ella había sido mucho más refinada que él, más compleja y sutil en la expresión de sus sentimientos, así que no debía carecer de un cierto gusto por lo retorcido. Pero, por otro lado, si ella no había creído lo que todos los demás creían, ¿en qué había creído? Porque tenía que haber creído en algo, o haber sentido algo. Su suicidio lo demostraba. Había valido la pena morir por algo. ¿Dinero? ¿Algún hombre, un amante? ¿Su salud?; ella siempre había estado preocupada por sus ojos, porque su gran pasión era pintar y, antes de eso, la fotografía. Si algo le había ocurrido a su visión quizá se habría sentido lo bastante desesperada como para quitarse la vida.

Pero tan pronto como pensó esto le pareció increíble. El problema era que «desesperada» no era una palabra que casara con su carácter. Él había sido el desesperado. Al recordar el pasado lo vio claramente. El sentimiento de alienación que tenía en ese mismo momento (todo lo que había más allá del diáfano cristal del parabrisas era tan remoto) parecía tan sólo un eco de lo que había sabido tantos años atrás, que no pertenecía a aquel lugar, como si, desde el principio, hubiera sabido que se iba a producir alguna calamidad, igual que en ese preciso instante sabía que volvería a producirse: la suave y silenciosa explosión de ansiedad en su pecho se lo indicaba. Quiso huir. Quiso huir en ese mismo momento. Vete, vete ahora mismo; percibía todos sus instintos diciéndole que se marchara.

Pero, por supuesto, no huyó. Por el contrario, se inclinó hacia delante y apagó el motor del coche. Sabía que aunque huyera primero tendría que ver a Tim. Quizás esa especie de resolución, la determinación de seguir adelante a pesar de saber de antemano lo que iba a ocurrir, era característica de la relación con su hijo, el extraño y casual resultado de la catástrofe, China Lake, Aberporth, y su vida con Diana en aquella horrible casa. Su hijo era el receptáculo mismo del dolor, tanto más cuanto que era inocente. ¿Cómo se lo habría tomado? ¿Cómo sería? David lo ignoraba, no podía saberlo, nunca lo supo. Se habían tratado de un modo tan extraño, tan irregular, que sus relaciones habían carecido siempre de toda sincronía. Tim, Timothy, Timmy… siempre cambiaba de nombre justo cuando David se había acostumbrado a utilizarlo. Intentó darse bríos aspirando el olor del aire y de los árboles, dejando que le tonificara. Caminó hacia la casa. En el porche reinaba un olor a hojas húmedas y a ladrillos mojados. De repente le asaltó un recuerdo, el olor del cristal al apretar la nariz contra una ventana; la ventana y las circunstancias concretas se habían perdido, pero el peculiar olor a polvo persistía como un símbolo de la soledad. Nunca había estado completamente seguro sobre cuál de los dos, Tim o él mismo, había perdido más por la separación, quién había sido el más solitario por este motivo. En cualquier caso, Tim reconocía tan sólo un cierto resentimiento o justicia que nunca acababa de convertirse en cólera y solía ocultarse tras su reservada actitud. Típico de él, tuvo a David esperando un buen rato, y cuando finalmente abrió la puerta, vaciló, obstruyendo la entrada, como si dudara seriamente en dejar entrar a su padre. Era alto, tan alto como David, y tapaba todo el hueco. Excepto por la talla, sin embargo, no había un parecido especial entre ellos. David, con su pelo oscuro y su cuerpo más fofo y corpulento, tenía quizá algo de galés en su aspecto, mientras que Tim era rubio, con la piel cubierta de pecas y parecía vagamente irlandés.

David, como de costumbre, tuvo que ser el primero en hablar:

– Tim, ¿cómo te encuentras? ¿Estás bien?

– Sí, por supuesto que estoy bien.

David notó que algo dentro de sí mismo se encogía, retrocedía. Desde luego había dicho algo improcedente, pero siempre decía lo que no debía, ¿y qué se decía a un hijo cuya madre acaba de suicidarse?

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