Lo pilló por sorpresa. No debería haber sido así, pero así sucedió. Llegó volando por encima del páramo que se abría a sus espaldas y entonces apareció súbitamente, como una sombra negra, casi inmóvil, contra el brillante azul del cielo. Una docena de metros por encima de él. Cuarenta y cinco metros a su izquierda. Alzó la cámara de inmediato, con el motor en marcha. Enfocó. La gran ave se ladeó ligeramente y él la contempló en toda su gloria, con la luz filtrándose por entre su plumaje, su cabeza oro y cobre y las plumas del borde de sus alas buscando el aire como dedos. Una joven águila, puesto que veía la pálida mancha bajo su cola, pero aun así inmensa, cerca de un metro de altura y un metro ochenta de envergadura con las alas desplegadas. Durante unos instantes se quedó suspendida allí. Luego halló un remolino que retrocedía desde el risco y ascendió siguiéndolo (nunca luchaban contra esas corrientes de aire ascendente) más y más hasta que se convirtió en una mera silueta. David la mantuvo en su objetivo de todas maneras y un momento después se vio recompensado, pues volvió a descender, más cerca de él, aunque tuvo que volverse hacia la derecha dentro del arnés del pecho, porque el águila también se había acercado más a la cara del risco, y luego se deslizó lateralmente aún más cerca y pudo filmarla en un perfil perfecto, con la feroz y plana cabeza y el gran pico curvado, aquilino, aquila chrysaetos , de ahí procedía la palabra. Luego el águila se ladeó e incluso se dignó batir dos veces las alas perezosamente, y voló alejándose hacia los campos del valle. La siguió en la esperanza de que cazara, pero en realidad ya había filmado todo lo que quería. Había estado trabajando en ese proyecto durante un año, filmando a las aves en Lewis, Skye, Rum y Tiree, y todo lo que necesitaba eran unas pocas tomas allí para que el narrador pudiera salmodiar: «Expulsadas de gran parte de su territorio, aún persisten unas pocas parejas, incluso en el extremo sur de Galloway.» Pero diez minutos más tarde consiguió una propina. El ave volvió. La había perdido de vista, más allá del río, pero luego apareció otra vez a su izquierda, volando a lo largo del margen del risco, por encima de la antigua vía férrea. Casualmente acababa de cambiar la película y empezó a filmar de nuevo, con un enfoque estrecho. El ave siguió volando, acercándose cada vez más a él, tan estrecho era el enfoque, de hecho, que no podía ver el terreno y no tenía la menor idea de lo que había allí. Hasta que el águila descendió en picado. Como una bomba o un misil, propulsada tres veces por el gran batir de sus alas, perturbando de tal manera el aire que David casi lo sintió en su mejilla. Volaba en picado con tal rapidez que David se dio cuenta de que la toma saldría borrosa (pero eso también serviría) hasta que volvió a enfocar y vio al conejo corriendo impulsado por el pánico, extendidas las patas en toda su longitud, a través del camino de grava por donde habían discurrido los raíles. Pero a campo abierto nada podía ser lo suficientemente rápido. El ave golpeó y se produjo una explosión de polvo y alas batiendo para detenerse en el aire. Una garra anaranjada se extendió y se cerró (¿había oído un grito?), y el conejo pataleó, pataleó, pataleó y murió. En tan breve tiempo todo había terminado. Pero entonces, como ocurre tan a menudo, se cambiaron las tornas. Los extraños movimientos del ave en el suelo expresaban su miedo, la ventaja que había perdido. Ansiosamente agarró su presa, avanzó a saltitos, vaciló, avanzó torpemente y luego volvió a ser todo gracia de nuevo, alzándose y levantando del suelo, subiendo el risco y desapareciendo de la vista. «Irónicamente, una vía de ferrocarril abandonada, monumento de la civilización que ha destruido su hábitat, proporciona aquí a la más noble de las aves británicas un perfecto terreno de caza.»
David se relajó, se recostó contra la pared de piedra y se quedó allí encajado. Había utilizado menos de siete minutos de película, pero estaba exhausto, empapado en sudor, y la cámara parecía de plomo en su mano. Pero no podría haberlo hecho mejor. Era ya casi mediodía. Respiró hondo. Descansó un rato. Tenía la prudencia necesaria para no desear moverse hasta que hubiera recuperado las fuerzas, pero lo hizo. Desde luego, no había razón alguna para quedarse. Tenía todo lo que había ido a buscar. Así pues, con cautela, extendió la mano para coger la mochila y metió en ella todo el equipo. Necesitó de una cierta disciplina para no apresurarse, comprobándolo todo una y otra vez, sin ansiedad, pero sí con una experta minuciosidad. Comprobó la cuerda de seguridad con un tirón realmente fuerte, tanto en la parte que estaba unida al arnés del pecho como en la parte que ascendía hacia la cima del risco. Y conservaba aún la cuerda más corta que pasaba por las clavijas que había clavado en la roca justo por encima de donde él estaba. Finalmente probó la cuerda que lo impulsaría hacia arriba, cuyo extremo libre subía hasta la cima del risco. Pasaba luego por el polipasto, que le daba la fuerza de palanca de un gran torno, y descendía de nuevo hasta llegar a dos puntos de unión, uno en la silla de contramaestre y un segundo en el arnés del pecho. Le dio un buen tirón al extremo libre. Todo parecía correcto. Pero en cuanto tiró del otro extremo, algo pareció fallar. Había demasiada elasticidad. Con el ceño fruncido volvió a tirar. Y otra vez. La cuerda se desprendió literalmente, en su mano. Sencillamente, se había soltado. Bajó serpenteando por las rocas del risco y quedó colgando unos nueve metros por debajo de él.
Se quedó atónito.
Nunca antes le había ocurrido una cosa así.
Ni siquiera pensó en que, de no haber probado la cuerda, hubiera caído; aunque era de esperar que la cuerda de seguridad lo hubiera detenido en su caída, ésta hubiera sido terrible de todos modos. Al principio, estaba más enfadado que asustado. Subió la cuerda y miró el extremo. Pero no pudo decir qué había ocurrido. La cuerda era casi nueva, pero de algún modo se había roto o desligado. O algo la había cortado. ¿Una roca? ¿El reborde de una polea del polipasto? Pero la cuerda era de Kevlar, un material que entre otras cosas se utilizaba para llantas de neumáticos y chalecos antibalas. Era inconcebible que se hubiera roto de aquella manera. Pero lo había hecho. ¿Qué iba a hacer él?
Miró hacia arriba. El borde del risco parecía estar en ese momento a una gran distancia, como un abrupto perfil negro contra el brillante cielo que se burlaba de él. Y el afloramiento rocoso que tenía por encima se había convertido de repente en un gran inconveniente. Bien. Lanzó unas cuantas imprecaciones, contra sí mismo, pero sabía lo que iba a hacer. Ahí estaba precisamente la razón por la que se tenía una cuerda de seguridad. Tendría que escalar el risco. Había escalado las veces suficientes para saber que podía hacerlo, que no era tan difícil. Tenía una piqueta y clavijas. Disponía incluso de un buen trozo de cuerda, por sospechoso que resultara. Treparía desviándose un poco hacia la derecha para sortear el afloramiento mientras subía por la pared de roca, y volvería luego a la izquierda, donde había una grieta en la roca que le serviría de apoyo para los pies. Sólo estaba a seis metros de altura, pero, claro está, parecía que fueran mil quinientos metros. Se sentía intimidado. Estaba asustado. Quizá su temor se debía más a lo que había ocurrido en aquellos pocos días, porque ahora la vida significaba mucho más para él. Pero no pensó en eso. Estaba cogido en un trampa y tendría que buscar una escapatoria. Eso era todo. Miró hacia abajo.
Y luego volvió a mirar.
Algo había captado su vista. Había alguien allá abajo, sobre la vieja vía férrea, observándole a él. Un hombre. Con la cara vuelta hacia arriba. Con prismáticos. A causa de los prismáticos y debido a que estaba a unos treinta metros por debajo de él, David no le distinguió la cara y sólo captó una vaga impresión de él: un hombre alto con una chaqueta de nailon azul que el viento impulsaba hacia atrás, lejos de su cuerpo, un hombre mayor. Pero estaba claro que debía de haber visto lo ocurrido, porque levantó una mano y saludó. Sin embargo, un instante más tarde dio media vuelta y se alejó a grandes pasos sendero abajo. Un momento después, debido a una curva en el risco, despareció de su vista. Probablemente era un observador de pájaros. También él debía de haber estado contemplando el águila. David esperó. ¿Qué haría ese hombre? Si iba en busca de ayuda, era probable que fuera a la granja y el granjero saldría en busca del guarda forestal. David entrecerró los ojos; se había levantado viento, ahora frío bajo el brillante sol. Pero no había nada que ver, al menos por el momento, y se dio cuenta de que la desaparición del hombre, irracionalmente, lo había irritado. Estaba molesto. No quería que lo rescataran. Tuvo una imagen relámpago de lo que podría salir en las noticias de la noche: enviarían un helicóptero que lo alzaría como un paquete. Ridículo. Por otro lado… Volvió a maldecir la condenada cuerda. ¿Qué podía haberle ocurrido? Intentó pensar en lo que debía hacer. Tenía que admitir que estaba en un apuro. Pero dejando a un lado los argumentos más ridículos, había motivos por los que cualquier tipo de ayuda sería un estorbo. ¿Sabría cualquiera lo que se debía hacer? Quizás el guarda forestal. Sin embargo, ¿iba a confiar en la cuerda que le lanzara cualquiera? Miró hacia delante, a lo largo del risco. Seguía sin ver al hombre. Sólo podía haber seguido un camino: a lo largo del sendero de grava de la vía férrea hasta el viaducto, para bajar luego hasta la carretera que retrocedía a través de la granja. Siguió mirando, indeciso, tal vez por curiosidad, pero el hombre no volvió a aparecer. Después de diez minutos seguía sin verse un alma. Apartó la vista diciéndose a sí mismo que era como esperar a que hirviera el agua de una olla, se afanó en comprobar la cuerda de seguridad (se convertiría en la cuerda principal, si la utilizaba para subir), y luego se volvió hacia el extremo colgante de la cuerda que se había roto. ¿Podría utilizarla?, ¿podría confiar en ella? Finalmente miró una vez más, pero no vio a nadie y sintió una irritación de diferente tipo. ¿No habría visto aquel tonto lo que le había ocurrido? ¿Dónde estaba? Miró el reloj. Transcurrieron otros cinco minutos. Al diablo, pensó. No tenía sentido esperar. Tendría que escalar el risco, que era lo que debía haber hecho desde el principio.
Читать дальше