Y estaba en lo cierto. David no le había contado jamás lo que le había ocurrido porque no había tenido motivo para ello. En su vida privada hacía ya mucho tiempo que había asimilado las consecuencias y no pensaba en ello. De haberlo hecho, habría supuesto que la historia surgiría simplemente un día, en su momento y, desde luego, en la mañana de aquel tercer día ni siquiera sospechaba que su peculiar pasado fuera a perseguirle en ese preciso momento. Tan sólo se produjo un mínimo presagio de lo que iba a ocurrir. Solo en la casa -Derek se había ido a la escuela y Anne estaba de compras en Kirkcudbright- se tomó su segunda taza de café en la galería, que era además el despacho de Anne. Tras la muerte de Axel, en parte debido a sus propias recomendaciones, Anne había empezado a realizar traducciones técnicas y científicas. Ociosamente, dando una vuelta por el despacho, David cogió el documento sobre el que ella estaba trabajando. Estaba en alemán (ella sabía alemán, holandés, francés, danés y algunas de las otras lenguas escandinavas) y trató de leerlo, recorriendo lentamente las primeras páginas. Podía entender el vocabulario e incluso, de un modo general, el tema. Se refería a la «dispersión anómala», el comportamiento de las longitudes de onda en ciertos materiales, y eso debió de darle pie para recordar lo lejos que estaba aquella parte de su vida. Sin embargo no pensó en ello directamente, sino que, dejando caer el documento sobre el regazo, le vino a la memoria otro tipo de recuerdo, la imagen de los setos en un extremo de RAF Benson, donde jugaba de niño. Tuvo un súbito recuerdo del aire en sus cabellos, del olor a alheña y agracejo, perifollo y álsine entremezclados, todo lleno del sonido de los pájaros y el aleteo de las mariposas. Se vio mentalmente como un niño vestido con pantalones cortos y un basto suéter de lana, de pie, inmóvil, conteniendo la respiración, paralizado, esperando, observando. Y cuando una mariposa emprendía el vuelo, se quedaba boquiabierto ante su belleza, mientras la mariposa subía revoloteando, como un punto de luz, la mariposa monarca, la almirante, la pavón… Se había aprendido todos sus nombres por libros que tomaba prestados de la biblioteca y las coleccionaba en frascos y cajones. Algunas veces, con la vista fija en el cielo azul, también había captado el brillante destello de un avión descendiendo sobre la pista de aterrizaje. El recuerdo se hizo tan claro que entornó los ojos como si realmente estuviera viéndolo de nuevo. En aquel entonces sí lo había visto, era un bombardero Canberra, el reactor que utilizaban para proveer a las Unidades de Reconocimiento Fotográfico que volaban fuera de la base. Los aviones le habían fascinado. También había aprendido sus nombres y sus denominaciones. Los PR.3 eran los Canberras, los PR.10 eran los Gloster Meteors, y recordaba que su padre le había enseñado uno de los viejos Mosquitoes, un PR.34 de Malaya, ya que se trataba de un extraño avión de madera en el que había trabajado su padre durante la guerra y que había pilotado Miroslav, su padrino. En aquella época habían utilizado algo llamado cámara F.52. Le pareció incluso oír la orgullosa voz de su padre explicándolo: «Fue todo un descubrimiento, ¿sabes?, aquellas cámaras marcaron la diferencia.» Todo aquello le pasó por la mente. Trató de recordar qué edad debía de tener él por entonces. Sin duda estaba en la edad en que empezaba a descubrir la ciencia y a odiar a las chicas; un muchacho que daba los primeros pasos hacia todo lo que después iba a ganar para perder posteriormente. Aunque en realidad no pensaba en esto ni mucho menos. Una elisión en sus pensamientos hizo que su mente pasara directamente al presente, a Derek, que tendría en ese momento más o menos la misma edad, que se dedicaba al aeromodelismo, como su propio hijo había hecho en otro tiempo. Y luego recordó otra cuestión completamente distinta, la conversación que había mantenido con Anne, cuando ésta le había confesado que sentía cierto temor. Derek estaba a punto de entrar en la pubertad, en realidad se había vuelto tan reservado que, por lo que ella sabía, podía haber entrado ya. Pero ¿y si no cambiaba?, ¿y si seguía siendo siempre un niño? David se había reído al oír esto, y ahora sonrió de nuevo, y le había dicho que no se preocupara, que Peter Pan siempre se hacía mayor.
Pero aquellos recuerdos y pensamientos, que al menos en teoría podían haberse relacionado en su mente con China Lake, desaparecieron en un segundo, y enseguida emprendió la marcha, apresurándose, diciéndose a sí mismo que tenía trabajo por hacer. Y lo hizo. Estaba filmando las últimas tomas para una película sobre las águilas reales y esa área del sur de Escocia había formado parte en otro tiempo de su territorio. Esperaba que aún quedaran algunas. Así pues, cogió el coche y se fue a Kirkcudbright. La pequeña población de pescadores y turistas, enclavada en la cuenca del río Dee, había sido largo tiempo atrás lugar favorito de pintores, sobre todo de acuarelistas, pero aquel día el sol la hacía brillar como una postal: relucían las fachadas recién pintadas de las tiendas, la luz deslumbrante lanzaba mensajes entre los primeros turistas cuando pasaban con sus coches. Cruzó el río observando la curva del puerto que dejaba atrás: un hombre que calzaba rojas botas de goma caminaba con dificultad por el fango resbaladizo en dirección a un velero, cubierto de un barniz tan brillante como el primer penique de un niño, y la flota pesquera alineada junto al malecón en una alegre mezcla de cabos y mástiles. Después desapareció todo de su vista tras los árboles, aceleró y se adentró en el campo. También allí brillaba el sol, el ganado de las tierras altas parpadeaba protegiéndose de él en las laderas de las colinas y las blancas margaritas y los amarillos botones de oro se extendían por los valles señalando las riberas de los arroyos. Ya no pensaba en nada. Simplemente dejaba que el luminoso día fluyera a su alrededor. Se sentía feliz, ligero, como la luz que se filtraba por entre los robles, y tranquilo, como las apacibles sombras en las oscuras curvas protegidas por paredes de piedra por las que zigzagueaba la carretera. Se dirigió hacia el norte hasta llegar a Gatehouse of Fleet, un pueblo con una larga y estrecha calle principal y un par de pubs, donde se afirmaba, y no era del todo improbable, que Burns había escrito algunos de sus poemas. Allí los turistas se dedicaban a la pesca y se hablaba sólo «del agua». Dos cabezas inclinadas una junto a la otra sobre el puente le dirigieron la lenta mirada del hombre del campo cuando pasó. Giró justo un poco más allá, por donde la carretera se estrechaba entre campos en pendiente a su izquierda y un profundo valle a su derecha. A través de una cortina de robles ancestrales cubiertos de musgo, vislumbró el Big Water of Fleet en el fondo. Un cuervo volaba perezosamente bajo la luz del sol, unas ovejas se apartaron de él con remilgado y grotesco pánico. Después de recorrer un kilómetro y medio aproximadamente, la carretera giraba bruscamente hacia la izquierda. Al acercarse a la curva redujo la velocidad. Ante él había cambiado el paisaje, los bosques se alzaban por encima de una áspera cordillera de montañas. Un estrecho camino corría paralelo a esos bosques, con una verja de entrada y un discreto cartel: RESERVA NATURAL NACIONAL – CAIRNSMORE OF FLEET. Giró. Al principio había poco que ver, sólo el bosque a la izquierda y luego una vieja granja a la derecha, cuyos vastos campos cubiertos de hierba se extendían hasta el río. Pero después los bosques se abrían y descubrió lo que había más allá, el terreno elevándose hasta un páramo rocoso bordeado por un alto y escarpado risco. Era el Clints of Dromore, un precipicio que caía treinta metros en picado. Una línea férrea abandonada, que también había permanecido oculta por los bosques, rodeaba la base del precipicio, pasaba después junto a la granja y atravesaba el Fleet por un inmenso viaducto de ladrillo. Cruzando la granja (el granjero lo saludó amistosamente con la mano como de costumbre), David siguió la carretera que bajaba hasta el río, luego pasó por debajo de uno de los grandes arcos, tan inmenso que el Rover parecía un juguete en miniatura. Al otro lado la carretera retrocedía sobre sí misma y subía la empinada ladera sobre la que estaba construido el viaducto. Redujo y subió por esa colina. Por fin se halló en lo alto, contemplando el camino por donde había llegado. Tenía los Clints of Dromore, aún más altos, a su derecha. Detrás de él, extendiéndose desde el Dromore, se extendía el páramo, y justo por debajo tenía el valle y la granja, con sus suaves y verdes campos cercados por el río. El águila cazaba allí, sobrevolando el páramo, cogiendo impulso desde el risco, lanzándose en picado sobre el valle para matar.
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