Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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Tannis se sentía inquieto, pero esto no afectó en absoluto a su eficacia. Siguió la pista de cualquier cosa, desde jeeps a coyotes, por aquel desierto, sabiendo en todo momento lo que estaba haciendo. Dejó que Príncipe hiciera el trabajo, Príncipe y sus propios ojos penetrantes, que captaban el fugaz vislumbre de un casco de caballo sobre la dura arcilla, siguiendo el vuelo de un cuervo durante kilómetro y medio hacia delante hasta que se posaba sobre un montón de estiércol. Y en una ocasión se agachó, caminó en cuclillas y examinó el horizonte hasta que descubrió la estructura medio enterrada de un avión zángano [28]Firebee, uno de los antiguos objetivos del Sidewinder. Había cientos de ellos esparcidos por el desierto. Aquél tenía el morro ligeramente enterrado y la pintura roja pulida por treinta años de viento de modo que ahora, a la luz del sol, brillaba como una baliza.

Y eso era precisamente, un mojón en el camino, ya que cuando llegó hasta allí a lomos del mulo descubrió una multitud de huellas de Vogel en la arena alrededor de la estructura. Había girado allí. Al parecer Príncipe recordaba incluso el lugar, pues bajó el hocico como un sabueso y trotó hacia delante. Así pues no le resultó tan difícil después de todo, y al otro extremo fue aún más fácil, ya que durante kilómetro y medio encontraron una serie de huellas claras a lo largo de tierras yermas cubiertas por una costra de sal. Se acercaba cada vez más. Utilizó los prismáticos. Por delante se alzaba la línea de acantilados, colinas como montones de arcilla gris que se hubieran amontonado allí y secado hasta convertirse en dura roca, agrietándose por el borde. Las fisuras eran barrancos o cañones. Había tres más o menos enfrente de él, los acantilados se desmenuzaban hasta llegar a tres abultados puntos, como muñones de una mano mutilada. Supuso que Vogel estaría en uno de ellos, aunque no era seguro. También cabía la posibilidad de que un barranco atravesara uno de aquellos acantilados hasta el valle y las colinas del otro lado, las cuales formaban Coso Range. La Mina Coso había sido un famoso filón de plata. Cuando la Marina llegó a aquel lugar había cientos de minas y había tenido que comprar los derechos de más de mil propiedades registradas, incluyendo la de su padre. Tannis se dijo, sin embargo, que si Vogel había tomado aquel camino, había escogido el más largo. Le hubiera resultado mucho más sencillo bajar desde el perímetro norte de la base, desde Darwin, permaneciendo en las colinas durante todo el trayecto, en lugar de atravesar aquel peligroso campo abierto. No, estaba seguro, Vogel estaba cerca, justo delante, en uno de aquellos barrancos.

Tannis reemprendió la marcha. El sol había subido en el cielo. Él y el mulo proyectaban una sombra negra sobre el liso terreno gris, tal era el efecto que causaban. A medida que se acercaban a los riscos, Tannis se convertía más claramente en una figura en el paisaje, empequeñecida por su tamaño, pero moviéndose con mayor claridad en comparación con su quietud e inmovilidad. Era una jugarreta de su imaginación, pero los pasos de Príncipe le parecieron sonar más alto y los músculos de sus hombros le parecieron más definidos, notando sus intrincadas conexiones bajo la reluciente chaqueta. Sin embargo el cielo era del mismo azul claro y las tres nubes no se habían movido. Tampoco parecía que hubiera avanzado ni un centímetro en relación con ellas. Pero paulatinamente iba acercándose a las colinas que tenía delante. Las huellas de Vogel oscilaban ligeramente hacia un lado y luego giraban más bruscamente, eliminando casi con toda certeza el más oriental de los tres barrancos, dejando sólo dos, que formaban una vaguada. A unos cuatrocientos metros quizás antes de llegar a ellos, el terreno cambiaba y se elevaba en una pendiente de roca y grava. Era el montículo de limo dejado por los ríos que en otro tiempo habían discurrido por sus canales. Allí se perdían las huellas de Vogel; el terreno era pedregoso y cubierto de rocas, pero Tannis se limitó a aflojar las riendas y dejar que el mulo hallara el camino por sí solo. Se dirigió hacia la izquierda, rechazando de nuevo y definitivamente la abertura hacia el este. El declive se hizo más empinado, lo suficiente para que el mulo tuviera que buscar y escarbar un apoyo seguro para las patas delanteras. Casi de forma imperceptible, la boca del barranco empezó a engullirlos, aunque al principio no resultó demasiado impresionante, ya que formaba una abertura amplia e indistinta con paredes de suave inclinación a ambos lados que no sobrepasaban los nueve metros de altura. Parecía no conducir a ninguna parte, como si no hubiera ningún sitio al que llegar. Daba la impresión de que más adelante los dos lados se elevaban mucho más alto, pero doblándose sobre sí mismos, acabando en un cañón en forma de U. Sin embargo, cuando alcanzó ese punto, Tannis comprobó que el barranco daba un brusco giro y se constreñía a un estrecho desfiladero, más allá del cual volvía a abrirse. Vaciló, luego prosiguió la marcha. Y tan pronto como empezó a cruzar el desfiladero, vio que el barranco se prolongaba, mucho más estrecho, con paredes más altas y escarpadas a ambos lados, paredes de dieciocho a veinticinco metros de altura, tan altas y empinadas que los rayos del sol bañaban tan sólo la parte superior y el suelo del barranco yacía en una profunda y fría sombra. Recorrió aquel camino durante cuarenta y cinco metros y entonces se dio cuenta de que estaba atrapado.

Detuvo al mulo. No se movió. Miró a su alrededor y no le cupo la menor duda de que estaba en un trampa. Una trampa, comprendió, que tenía al menos dos mil años de antigüedad. Cogió los prismáticos de Vogel para examinar los riscos a ambos lados por encima de él y por todas partes vio los petroglifos, centenares de ellos, miles, grabados en la superficie de cada roca: estilizadas figuras de hombres, ovejas y perros; y abstracciones, escudos blasonados de armas y figuras humanas apenas esbozadas, como hombres de pesadilla, con un pie de tres dedos, fálicos, con cuernos y con múltiples ojos. Alzando los prismáticos hacia el borde rocoso vio tres cazadores simulados, piedras enormes balanceándose unas encima de otras para formar la figura de un hombre, como si fueran muñecos de nieve o espantapájaros. Sabía exactamente lo que representaban, puesto que él en persona había descubierto muchos de aquellos emplazamientos. Había varios centenares esparcidos a lo largo de las colinas y cañones de la base. Habían sido realizados por una raza desconocida de indios, que había desaparecido mucho antes de que los indios históricos llegaran a aquella parte del desierto. Eran los «antiguos». Habían cazado con lanzas llamadas atlatls, antes de que se inventara el arco y las flechas, y su presa había sido el carnero de grandes cuernos cuyas imágenes eran caraterística principal de los petroglifos, en los cuales aparecían dibujados con grandes cuernos curvados y patas saltadoras. Los indios modernos habían supuesto que aquellas representaciones eran religiosas, pinturas de dioses o espíritus, pero los científicos del NOTS, tomándose el rompecabezas de su significado como un pasatiempo, las habían tomado por lo que eran: ecuaciones, cálculos, descripciones. Habían sido dibujadas para atraer a los carneros hacia los cañones y desfiladeros donde los cazadores emboscados, ocultos en escondrijos de piedra a lo largo de las paredes del cañón, los habían matado. Como ciencia había sido suprema, perfectamente predictiva y capaz de réplica en generaciones sucesivas, hasta el punto de haberse extinguido los carneros y haber desaparecido los cazadores. Aquellas extrañas señales eran la única huella que había sobrevivido, aunque a partir de las mismas Tannis sacó sus propias conclusiones. La más importante: no estaba en un barranco, un paso a través de las montañas, sino en un cañón, un camino sin otra salida que el lugar por donde había entrado. Por lo tanto Vogel estaba sin duda por delante de él. Tannis adivinó incluso que debía de estar en una cueva, uno de los antiguos lugares ocupados por los indios y muy bien pudiera ser que en ese mismo momento lo estuviera observando. No percibía esta sensación en absoluto. No tenía la sensación de que alguien estuviera vigilándolo. Pero seguía sin gustarle.

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