¿Debía arriesgarse? La tentación era jugársela. Vogel tenía que estar cerca; en el desierto, aunque uno sea tortuoso, nunca se elige el camino más largo. Mirando hacia abajo desde el saliente, Tannis vio que el sendero alcanzaba el valle tan sólo ochocientos metros al norte de donde él se hallaba. Era casi seguro que Vogel había cruzado el valle directamente desde ese punto, o que se había desviado a derecha o izquierda tan sólo unos pocos grados. Por ejemplo diez, pensó Tannis, y con los prismáticos trazó una vista panorámica a lo largo del arco de terreno hasta llegar al otro lado. Lo que vio en su mayor parte fueron riscos, mesas, importantes bajadas , terreno demasiado escarpado para un caballo. Pero había varios barrancos. O bien atravesaban las colinas o bien a iban a desembocar en un cañón. En cualquier caso, Vogel debía de haber tomado uno de ellos, sólo era cuestión de encontrar sus huellas. Y si no tenía suerte, Tannis podría sencillamente entrar en cada uno de los barrancos por turno hasta dar con el rastro. Desde luego así se expondría a la vista, sobre todo desde el aire, pero una vez que hubiera atravesado la llanura del valle encontraría donde ponerse a cubierto. De todas formas, las patrullas de seguridad tendían a concentrarse a lo largo del perímetro.
Todos eran argumentos en favor de ponerse en camino de inmediato, pero Tannis bajó los prismáticos y no se movió. Porque, aunque resultaba tentador, sabía que no debía hacerlo. Porque no sólo habría patrullas regulares, sino también especiales. El asesinato de Buhler y la investigación eran la causa. Tras consultar con las instancias gubernamentales pertinentes y la NIS, se ha incrementado el número de patrullas de helicópteros en todo el perímetro . Sí, pensó, aumentarían las patrullas porque era el modo más sencillo de cubrirse, de demostrar que estaban haciendo algo. Así que volvió a adentrarse entre los árboles, le dio agua a Príncipe y lo ató bajo el mayor de los robles de los pantanos. Luego halló un hueco para sí mismo lejos del saliente.
Esperó.
Cuarenta y tres minutos más tarde oyó el helicóptero.
Estaba detrás de él, más atrás, sobre los cerros más altos. El sonido del rotor reverberaba pendiente abajo, desapareció cuando el helicóptero se metió en un barranco, luego latió más cerca. Pero en realidad no estaba demasiado cerca, ya que el sonido jugaba malas pasadas en las montañas. Cuando por fin vislumbró un destello del helicóptero, éste se hallaba a más de un kilómetro y medio, ladeándose en un giro que lo llevó hasta el valle. Al elevarse permitió a Tannis ver su blanca identificación; era un SH-2 Seasprite, el helicóptero estándar de la Marina. Se hundió después para cruzar un barranco, de vuelta a las montañas, y desapareció rápidamente. Pero Tannis se echó al suelo y se escondió debajo de una roca, porque sin duda llevaban cámaras a bordo y probablemente sensores infrarrojos. La caliente superficie de la roca enmascararía su presencia. Transcurrieron tres o cuatro minutos, pero ni siquiera entonces se acercó; pasó por detrás de él, colina arriba, y todo lo que oyó fue el zumbido de las turbinas y el pesado golpeteo de los rotores. Después, súbitamente, también el sonido desapareció; el helicóptero debía de haber descendido y algún alto lo ocultaba. Cautelosamente Tannis asomó la cabeza. Pero no había nada que ver, y aunque, tras unos instantes, el sonido de los motores volvió en su dirección cuando el helicóptero cruzó por entre las montañas y barrancos, poco a poco fue desvaneciéndose a medida que el trazado de su ruta lo alejaba del lugar. Tannis sabía exactamente lo que estaban haciendo: volar a lo largo del perímetro, consiguiendo así que fuera casi imposible cruzar los límites. No buscaban nada en particular, pensó, se limitaban a cumplir el trámite, a cubrir el expediente. Sobre todo, y puesto que se mantenían tan pegados al perímetro, no sospechaban que alguien estuviera ya dentro de la base.
O al menos tal era su deducción y ahora sabía que debía arriesgarse a estar equivocado. Existía una posibilidad de que el helicóptero diera media vuelta para pasar de nuevo por allí, pero quizá tendría que esperar horas antes de estar absolutamente seguro de que se había ido, y no podía permitirse este lujo. No podía retrasarlo más. Corrió hacia el mulo y se subió a la silla de un salto. Antes de que el animal supiera lo que estaba ocurriendo, lo conducía ya colina abajo, de nuevo a través de los pinos, en pos de Vogel. Continuó descendiendo sin pausa alguna. Primero sobre el mulo, luego, cuando la cuesta se hizo demasiado empinada, se bajó y lo condujo tirando del ronzal, eligiendo su camino por encima de rocas y a través de pequeños bosques de envarados y espinosos pinos. En algunos aspectos la bajada era más difícil de lo que había sido la subida; pero ahora podía ver, y resultaba muy diferente. El sendero seguía la disposición del terreno, y en cada lugar que se prestaba a ambigüedad (¿debía girar a izquierda o a derecha?), buscaba una de las discretas señales de Vogel y siempre la encontraba. Tuvo que azuzar al mulo y gritarle; Príncipe protestaba, echaba las orejas hacia atrás y se afianzaba sobre sus pezuñas, pero cuesta abajo Tannis tenía todas las ventajas y se limitaba a tirar de él. Para empezar, estaban a cubierto, ya que los robles y pinos les servían de camuflaje y los escarpados lados del barranco proyectaban oscuras sombras por entre las que se movían. Pero progresivamente, a medida que bajaban, fueron saliendo al descubierto. Los árboles daban paso a matorrales y maleza, y la ruta del barranco se perdía en un amplio abanico de piedras y roca. Pronto el cálido y polvoriento aire del desierto, que ascendía hasta ellos, intensificó la luz del sol de la mañana. Finalmente, parpadeando ante su resplandor, Tannis se encontró en la llanura, al borde del desierto.
Se detuvo. Un poco más allá, como un faro que señalara aquella árida playa, había una gran roca, agrietada como por un rayo, y apremió al mulo para alcanzar su sombra. Sería el último refugio a cubierto en varios kilómetros. Inmediatamente por delante de él, aprovechando a duras penas la última sombra de las montañas, había un montículo formado por una artemisa y creosota, pero después empezaba el llano, agrietado, aplastado, silencioso, inmóvil; una única imagen gris que llenaba la mirada, repitiéndose interminable. Era casi hipnótico, cansaba sólo mirarlo. Pareció necesitar de un esfuerzo de voluntad para levantar la vista hacia la oscura línea en el horizonte donde la tierra se erguía de nuevo, formando las montañas y estribaciones donde Vogel se había ocultado. Entrecerrando los ojos contempló aquella imagen y repasó sus cálculos previos. En realidad la distancia no era tan grande. El mulo estaba fresco. Si lo mantenía a buen paso podría cruzar la extensión en una hora. Pero, claro está, no podía mantenerlo a buen paso. ¿Adónde había ido Vogel? Desde aquel punto la pregunta sería más difícil de contestar. Quizás el mulo conocía el camino, pero eso significaba mantenerse a su paso, que sería lento. Dudaba de que hubiera señal alguna. Aunque habitualmente Vogel pasara por allí de noche, habría luz suficiente para ver y quizá utilizaba una brújula. Tannis concluyó por tanto que tendría que rastrear sus huellas. No era imposible ni difícil si tenía un poco de suerte, pero le llevaría tiempo. Dos horas. Tres. Durante este período él y el mulo serían tan visibles como una mancha de pintura.
Fue ese pensamiento, conscientemente, el que le hizo dudar, pero en el fondo era la ansiedad que sentía al pensar en la caída de la noche. Mientras sus ojos recorrían el cielo (el perfecto e inmaculado azul de un pintor surrealista, punteado de tres nubes blancas, tan algodonosas como las que dibujaría un niño), tuvo de nuevo la sensación de que había pasado por alto algo decisivo que tenía justo delante de las narices. Todo era demasiado evidente. Pero no conseguía descubrir qué era. Había olvidado algo, en cualquier momento lo recordaría y exclamaría ¡claro! Y una vez más una voz le aconsejó que diera media vuelta, que se fuera mientras estuviera a tiempo. Como un alquimista, Vogel le iba guiando, como le había atraído hasta la carretera del aeropuerto de Trona, ¿pero cómo iba a dar media vuelta ahora? Haciendo pantalla con la mano, miró a lo lejos, pero si buscaba una señal que le diera permiso para marcharse, lo que vio fue exactamente lo contrario. En el éter parpadeaba un ojo brillante, un rápido destello, muchos kilómetros a su izquierda, bajo en el horizonte al oeste. Comprendió enseguida que se trataba de un reactor. El avión desapareció, pero sus ojos se movieron instintivamente a lo largo de su trayectoria y volvió a captarlo un instante más tarde. Debía acabar de salir del Armitage Field y ahora daba círculos, ganando altura. Cogió los prismáticos de Vogel que llevaba detrás. Pero antes de que los tuviera en la mano, el avión se ladeó y Tannis vio el perfil de sus alas altas en forma de flecha y luego, cuando se acercó a él, la entrada de aire del motor en el morro le enseñó los dientes como un tiburón. De este modo supo que se trataba de un F-8, un Crusader. Era un modelo antiguo. Se remontaba casi a la misma época que el propio Tannis. «El último de los Gunfighters», lo llamaban y en 1957 John Glenn había utilizado uno para realizar el primer vuelo supersónico atravesando Norteamérica. Aquellos aviones ya no estaban en funcionamiento, pero aún sobrevivían unos pocos por allí, ya que el centro de armamento los utilizaba como banco de pruebas aéreo. Ésa era la cuestión. Porque era imposible que el oficial de seguridad del polígono hubiera permitido que volara un avión de pruebas con un helicóptero dando vueltas por los alrededores. Así que no había absolutamente nada que lo detuviera, y cuando el sordo ruido de los remolinos de los grandes turborreactores Pratt & Whitney lo alcanzó, Tannis arreaba ya al mulo para adentrarse en el desierto.
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