Desmontó. Al sufrir aquel cambio en la rutina, el mulo pareció algo confuso, pero encontró unas briznas de hierba y empezó a alejarse por entre los árboles. Tannis lo dejó marchar. Ahora que había desmontado se sentía exhausto, tembloroso. Bebió agua, luego se obligó a sí mismo a continuar con sus tareas: encender un fuego, apilar rocas alrededor para ocultarlo, alimentarlo con hierba y piñas. Sus llamas abrieron un pequeño agujero en la noche. Se calentó y luego mezcló un poco de chile Big Bill en una taza esmaltada, añadiendo obedientemente un paquete de especias a medida que se calentaba. Unos minutos más tarde estaba comestible, o al menos él se lo comió con la punta de su cuchillo Buck. Finalmente, se envolvió en la manta, se apoyó contra una roca y se fumó un Lucky. Lentamente notó la fatiga extendiéndose por su miembros, su cuerpo por fin no pedía otra cosa. La suave noche se movió en torno suyo, las sombras y el viento. Cerró los ojos.
Pero no durmió. Cayó por el contrario en un agitado duermevela provocado por la fatiga, en la que su mente no dejaba de funcionar. Su cerebro se llenó de imágenes: Vogel y los burros iluminados por la lámpara; la cueva y sus máquinas de hierro; la niña de Marianne jugando entre el polvo con sus muñecas, sentada y con las piernas abiertas; y oro en barras y pepitas, oro lavado de la arena, oro vertido de férreas calderas de colada. Pero estas imágenes no acabaron de configurar un sueño. Luego una idea empezó a rondarle la cabeza de forma insistente, la idea de que no estaba siguiendo a Vogel, sino que estaba siendo «guiado» por Vogel. Era como un perro que intentara morderse la cola. Vogel sólo era importante porque había mencionado el nombre de Harper, pero la única prueba de que Harper tenía algo que ver era que Vogel lo había dicho. ¿Podía estar seguro siquiera de eso? ¿Estaba absolutamente seguro de que Vogel era el misterioso personaje que le había llamado por teléfono? Le dio vueltas y más vueltas en un círculo interminable y, sin que tuviera el menor sentido, recordó lo que siempre se decía de China Lake, que estaba «fuera del círculo». Allá donde mirara, allá donde dirigiera la vista, veía siempre lo mismo, y por lejos que caminara, acababa siempre en el punto de partida. ¿Qué estaba haciendo él allí? No era por Vogel. Vogel no significaba nada para él. En lo que a él concernía, Vogel era un anciano que había vivido en un tiempo cerca de la base, se había ido y después había vuelto, y quizá había tenido un golpe de fortuna. Pero eso no tenía nada que ver con él. El viernes por la noche anterior habría colgado el teléfono si Vogel no hubiera mencionado el nombre de Harper. Por lo tanto, Harper era la clave. Harper, cuyo rostro seguía sin poder recordar. Todo lo demás había sido consecuencia de esa mención. Pero Harper, teniendo en cuenta lo que había descubierto en los últimos días, tampoco tenía nada que ver con todo aquello. Harper nunca había sido un espía, no tenía relación con Alemania Oriental ni con Buhler, ni tampoco con una caverna en el desierto. Entonces, ¿por qué lo había mencionado Vogel? ¿Cómo se había enterado Vogel siquiera de que Harper existía? Sólo tenía sentido de un modo, o así empezó a pensar, y quizás, en su mente, sentía de nuevo la extraña atracción que lo había llevado hasta la imagen de la llegada de Vogel. Pues concluyó que la única explicación lógica era que Vogel era él mismo, o que Vogel era un parte de sí mismo, escindida. El viernes por la noche se había llamado a sí mismo. Había fingido ser Vogel. O había soñado aquella llamada. Lo cual era absurdo, pero por algún extraño motivo, esa solución lo satisfizo durante un rato, y quizá llegó a dormir realmente, y a soñar, pues, de repente, se despertó sobresaltado. Abrió los ojos. Miró a lo lejos, muy lejos, la negrura más allá de la montaña, donde el viento de la noche cambiaba. Entonces un único pensamiento se apoderó de él: irse. Debía levantarse y marcharse, olvidarlo todo, irse. En su imaginación vio un ladrillo en particular de su patio bajo el cual había enterrado largo tiempo atrás la pesada caja de caudales de hierro llena (y repuesta periódicamente) de billetes de avión de primera clase para Río, Hong Kong, Singapur, Bombay; pasajes para París, Frankfurt, Roma; pasajes de una docena de distintas líneas aéreas, Pan Am, Qantas, JAL, Air France, Lufthansa. Eran tan buenos como dinero en efectivo y podían llevarle adonde quisiera. Podía salir volando. Cuando sus ojos regresaron del vacío y miró hacia el valle, donde el resto de la negra y reluciente noche pendía del cielo como una gran sábana hacia el oeste, quiso asomarse, descansar sobre el cielo del desierto y alejarse deslizándose. Sin embargo sabía que no lo haría, que no podría. Algo sin nombre lo retenía, y todo lo que podía hacer era alzar los ojos hacia las estrellas que aún brillaban, que oscilaban en lo alto por encima de Wild Horse Mesa, Louisiana Butte, Darwin Wash. Aún las contemplaba cuando finalmente cayó hacia atrás y se durmió.
Pero Tannis no descansó mucho tiempo. Con las primeras luces nebulosas del amanecer estaba de nuevo despierto, helado, rígido, agotado. La agitación de la noche volvió a él como una vaga sensación de inquietud que despertó sus recelos, aunque, al margen de como hubiera pasado la noche, se hubiera sentido igual. A partir de aquel momento, sabía que sus movimientos tendrían que ser muy cautelosos. O encontraba a Vogel ese mismo día o no lo haría nunca, así que estaba cerca del final, fuera cual fuese.
Pero al menos podía ser prudente. Por primera vez vio realmente dónde estaba y adónde se dirigía. Después de beber agua miró a su alrededor y descubrió que había acampado sobre un saliente rocoso que sobresalía desde la colina, pero que luego se curvaba hacia atrás siempre muy levemente. Estaba muy bien escondido. Directamente debajo del saliente, la colina descendía escarpada hasta unirse con una larga y rocosa pendiente (crestas, barrancos, una larga caída para un acantilado), que al final descendía hasta el gran valle que tenía a sus pies. A la derecha y mucho más suave, la ladera de la colina conducía a través de pinos y robles hasta un amplio y rocoso barranco. El barranco formaba el desfiladero por el que Vogel había atravesado la montaña. Cuando miró hacia abajo, Tannis pudo seguir su curso en descenso, que luego giraba sobre sí mismo, desaparecía un tramo por entre las rocas y emergía finalmente en el valle. El saliente donde se hallaba, de hecho, era el lugar perfecto desde donde se dominaba el panorama. Se dio cuenta de que, si hubiera tenido más tiempo, la mejor estrategia habría consistido en esperar el regreso de Vogel, suponiendo que regresara, y tenderle allí una emboscada. Pero no tenía tiempo, ni la comida o el agua necesarias, así que, de un modo u otro tendría que atravesar aquel valle, puesto que sin duda Vogel estaba al otro lado.
En teoría no había motivo alguno para que le resultara difícil. Con los prismáticos de Vogel sobrepasó el valle para escrutar la línea gris de colinas y riscos que había al otro lado. El prisma o la lente de uno los cristales estaba torcido, por lo que tenía una visión extrañamente escorada, pero estaba lo bastante clara como para calcular la distancia y evaluar el terreno. Supuso que eran unos doce kilómetros, incluso menos, y el terreno, aunque accidentado (rocas, firme, grava, pavimento) era ciertamente transitable. En realidad tardaría tan sólo unas pocas horas en llegar al otro extremo. Pero existían otras complicaciones. Vogel se había metido en la tierra; puesto que había encontrado una especie de mina, aquello era, con toda probabilidad, literalmente cierto. Así que tendría que seguir su rastro y luego descubrir dónde se escondía. Eso podría llevarle mucho tiempo. Y por supuesto, se combinaba con el segundo problema: la posibilidad de una patrulla que, allí abajo, pensó enfocando el valle con los prismáticos, lo divisaría sin dificultad.
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