Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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Pero no cabía duda de que así sería. Conocía como pocas personas las dificultades de semejante viaje, pero en aquel momento, después de haber llegado tan lejos, nada le hubiera impedido llevarlo a cabo. Además, las condiciones podrían haber sido mucho peores. Era extraordinario que se sintiera casi descansado. Por otra parte, la cueva mágica de Vogel le proporcionó abundantes provisiones. Había agua junto al bocarte y halló cuatro cantimploras de latón y un depósito cauchutado Nauta para transportarla. Una caja de latón le ofreció una selección de comidas liofilizadas: judías Hardee, chile Big Bill, filete «que no necesitaba nevera», así como un hornillo de cámping Coleman, una manta, un sombrero, un hacha y un viejo par de prismáticos con una lente rota, que llevaría en lugar de volver a la camioneta en busca de los suyos. Lo que buscó, pero no encontró, fue un mapa. Tendría que confiar en su instinto. En cuanto al medio de transporte, tenía donde elegir: el establo de Vogel consistía en ocho burros, un caballo y un mulo. Cuatro de los burros estaban frescos, pero los ignoró por ser demasiado pequeños. El caballo, el que Vogel montaba a su llegada, estaba bien aposentado en su paja, ya que Vogel había montado un segundo animal fresco para su viaje de vuelta. Sólo le quedaba el mulo. De todos modos lo hubiera escogido. Sería más lento que a caballo, pero tenía los pies firmes de un burro, cualidad que le resultaría más valiosa que la velocidad para ir por las montañas. Había una silla colgada cerca y se la puso al mulo, después le colocó la brida y luego ató la carga. Finalmente montó. Ahora, quizás inevitablemente, se produjo un momento cómico. Con Tannis en la silla, el mulo no se movía. Tannis tiró de las riendas, lo aguijoneó, le dio patadas, pero sin resultado. Al final se bajó. Inmediatamente, sin más estímulo, moviéndose sin prisa pero sin pausa, el animal empezó a avanzar y le condujo hasta la entrada de la cueva. El mulo era un rey, o al menos un príncipe, y gobernaría con mano de hierro.

Y así fue más o menos como resultó. Fue un viaje que continuó como había empezado, de un modo un tanto extraño, basándose en la suerte y el instinto, hallando su dirección en el camino de menor resistencia. El mulo era crucial, sabía adónde se dirigía, presumiblemente porque había estado antes con Vogel. En cierto sentido no resultaba demasiado difícil guiarse a través de aquellas rocas, grietas y estrechos salientes. Sólo había un camino que pudiera seguirse; Tannis cedió la iniciativa al mulo y dejó que lo encontrara. Pero esto fue más fácil para los dos por una especie de buena suerte. Al alcanzar la entrada de la cueva y permitirle el mulo que se subiera a la silla, Tannis vio de inmediato que el tiempo había cambiado. No había viento y las estrellas brillaban en una noche dura y profunda del desierto. Mirando hacia arriba descubrió una docena de constelaciones, Draco el Dragón, Lyra el Cisne, Boötes el Labrador y Hércules el Hombre Arrodillado. Iluminaron su camino o, al menos, el del mulo y, puesto que no tenía brújula, le permitieron comprobar toscamente la dirección de su ruta. Casi tan providencial como esa luz fue que cesara el viento. De lo contrario, mientras subían regularmente cada vez más arriba, hubiera sentido demasiado frío, ya que no tenía chaqueta, sólo la manta que había encontrado en el fondo del cajón de comida de Vogel. Luego resultó que el esfuerzo de mantenerse sobre la silla era suficiente para calentarle. Además, la inmovilidad del aire ayudaba al mulo, puesto que se conservaba la estela de olor del caballo que iba delante. En cualquier caso, a intervalos regulares se detenía para disfrutar de un buen olfateo.

De todas formas, nunca había supuesto un problema seguir la pista a Vogel. Como Tannis bien sabía, no se podía cruzar al otro lado de las montañas, ya que tenían al menos mil doscientos metros de altura, tan altas que incluso el verde teñía sus cumbres. Si uno tenía la suerte de encontrar una ruta, la seguía. En el caso de Vogel debía ser más evidente, o así lo supuso Tannis, porque normalmente debía viajar con su recua de burros cargados. A medida que subían, Tannis empezó a comprender incluso cómo discurría la ruta; era un saliente que conducía hasta la pendiente de un barranco, que, a su vez, daba un rodeo para sobrepasar un risco. También había señales, tres piedras apiladas unas encima de las otras en cada recodo o lugar ambiguo a lo largo del camino, y en diversos puntos era evidente que una roca había sido empujada para llenar un hueco, o apartada del camino con una palanca. El mulo recorrió todo aquello con su paso melindroso y prudente. No tenía sentido incitarle a ir más deprisa; sólo había un paso, y Tannis dejó que el animal lo estableciera. Ante un tramo difícil, el mulo se detuvo en seco y Tannis tuvo que bajarse y gatear detrás del animal hasta que el camino se hizo más cómodo. En cierto punto, un saliente liso y amplio, el animal se detuvo y miró a su alrededor expectante. Tras unos instantes, Tannis comprendió. Alimentó al mulo (Príncipe, según lo llamaba en su mente) de su propia mano con una ración de judías liofilizadas Hardee y luego le dio agua con el sombrero.

Después de beber él mismo, miró su reloj. En aquella primera parada ya eran las cuatro y veinte. Probablemente no habían recorrido más de kilómetro y medio, pero habían subido cuatrocientos cincuenta metros. Esto les dejaba aún un largo camino por delante. Volvió a subir al mulo. El sendero siguió subiendo. De hecho, en aquel aire negro y puro, con el cielo brillante sobre su cabeza, su ascensión pareció casi ilimitada, como si estuviera subiendo por una escalera de la música pop hacia el estrellato: la distancia desde aquí hasta allí era infinita, pero el camino se presentaba absolutamente claro. Y quizá porque él mismo estaba tan alto, porque la oscuridad se extendía a ambos lados, por encima y por debajo de él, había algo mágico en todo aquello, una especie de levitación. Pero eso era poner a mal tiempo buena cara; en realidad, al cabo de media hora le dolía cada músculo y cada hueso por el traqueteo del prudente paso del mulo.

Tenía el trasero entumecido y las piernas de plomo. Empezó a sentir punzadas de dolor en la cabeza. Sin embargo, al final lo consiguió, a las cinco y media, Tannis y Príncipe el Mulo habían alcanzado la cumbre.

Cumbre no era probablemente la palabra adecuada. Tannis no estaba muy seguro de dónde se hallaba, pero suponía que había atravesado un paso y no por encima de las colinas directamente. Por fin habían trepado por una suave cresta. Desde la cima vio que el terreno se inclinaba abruptamente por debajo. Refrenando al mulo se dio media vuelta en la silla. Estaban a una gran altura, la suficiente para encontrar maleza y pinos piñoneros, como pesadas y oscilantes sombras en la oscuridad. Aquello no era el desierto, sino la sierra, tierra alta. Una brisa formando remolinos, un complejo movimiento del aire, acarició su rostro, sensación que no se tenía nunca más abajo. Se olía incluso a agua, o a algo que no era el seco aire inoloro, y el dulzón olor a sudor del mulo. Uno no olía nunca a sudor en el desierto. Pero verdaderamente estaba muy por encima del desierto. Mil quinientos metros, lo sabía; quizá mil ochocientos. Aquel paso era un punto bajo, una V entre las colinas, que se levantaban a izquierda y derecha altas y empinadas, y tras ellas, otras se levantaban aún más altas, como sombras contra el cielo. No estaba seguro, pero era posible que la vertiente que se perfilaba inmediatamente al norte de donde él estaba fuera Maturango Peak, el pico más alto de Argus Range, casi dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar, lo cual significaba que la montaña a su izquierda era Parkinson Peak, sólo trescientos metros más baja. Pero no estaba seguro. Había cuatro picos principales en aquella zona, como los nudillos de un puño, y podía haber estado en un paso demasiado alto o demasiado bajo. Aunque eso no suponía diferencia alguna en cuanto a la decisión con que se enfrentaba, porque todas las montañas descendían hacia un yermo rocoso y abierto de llanuras, barrancos y cañones llamado el Valle de Etcheron, el tipo de terreno en el que un hombre a caballo, visto desde un helicóptero, resaltaría tanto como una baliza luminosa. Admitió por un momento que Vogel lo había vencido. Por supuesto era posible que estuviera tan sólo unos cientos de metros por delante, escondido. Pero si se había dirigido hacia el otro lado del valle, ya debía de estar a medio camino, avanzando a galope tendido. No había modo de alcanzarlo, al menos antes de que amaneciera. Detrás de él ya empezaba a iluminarse el cielo y Tannis podía percibir su propia figura formándose entre las sombras. Pronto llegaría el alba. En los viejos tiempos de la Estación de Pruebas, cuando todos los aviones llevaban hélices, habían seguido las horas tropicales, haciendo sus salidas aéreas antes de que el calor del desierto aumentara, cuando aún había aire bastante para que las hélices cogieran impulso y, siguiendo esta tradición, China Lake aún gustaba de enviar a volar temprano a sus aviones. Tannis sabía por tanto que debía buscar un escondite. Tiró de las riendas a fin de obligar al mulo a girar para avanzar a lo largo de la cresta, que se elevaba suavemente y luego más empinada al unirse con el rellano de la colina, donde formaba un punto escarpado: rocas apiñadas formando un enorme saliente al que se aferraba un viejo roble negro. Mirando desde ese promontorio a la derecha y a través de una cortina de pinos ponderosos, distinguió de nuevo el sendero, una profunda garganta de sombra serpenteando más abajo en el desfiladero. Miró también la extensión que se tendía a sus pies, pero no había nada en absoluto, tan sólo la completa y lúgubre negrura del vacío. Aquel punto sobresalía tanto de la colina que supuso que una vez que saliera el sol, desde allí dominaría todo el valle. No hallaría otro punto de observación mejor. Esperaría allí y vería lo que ocurría al despuntar el día, luego decidiría si debía arriesgarse a seguir adelante; mientras tanto, mantenía también vigilado el camino por si acaso Vogel daba media vuelta.

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