Tras estos preliminares prendió el quemador, dándole toda la potencia que le fue posible, aunque en realidad la llama no iba a proporcionar demasiado calor. No era necesario; ésa era la cuestión. El mercurio alcanza la ebullición y se evapora a una temperatura increíblemente baja para ser un metal, a menos de 360 grados centígrados, mientras que el valor correspondiente a la plata es de 2.212, para el cobre de 2.594 y para el oro… para el oro es de casi 3.000 grados centígrados. De esa forma el mercurio de la amalgama se transformaría en gas, que saldría flotando a través del tubo inclinado y llegaría al agua, dejando un metal sólido detrás.
Al menos ésa era la teoría. En la práctica tardó más de una hora en demostrarse. Exhausto, olvidando casi el entorno peculiar en el que se hallaba, en parte mazmorra, en parte taller de trabajo, en parte laboratorio secreto, Tannis esperó. Dormitó, pero no logró conciliar el sueño. Oyó a los animales, el gas que burbujeaba en el cubo. Intentó seguir, más allá de las sombras, las corrientes de aire que secaban su sudorosa piel. ¿Qué distancia alcanzaría aquella cueva? ¿Cuándo y cómo la había encontrado Vogel? ¿Qué había llevado a Vogel hasta allí? Dejó que su mente se entretuviera con estas preguntas, sabiendo que no encontraría las respuestas, hasta que supuso que el proceso alquímico había concluido. En cualquier caso, no iba a esperar más. Se levantó, apagó el quemador y mojó el crisol con agua. Luego, cuando se hubo enfriado, desatornilló la juntura. Agitó el tambor. Un fragmento de material cayó de él. Era algo más grande que una canica, pero más pequeño que una pelota de golf, y era bastante poroso, con una escoria de ceniza o un trozo de caramelo masticable, y tenía el color apagado y grasiento del oro sucio.
Oro.
Por supuesto, como él había imaginado. «El secreto que regía todas las cosas.» El secreto tras todos los secretos. Ahora lo tenía, en su mano, y lo apretó. Luego, exhausto, cerró los ojos y jadeó en la oscuridad.
Con el oro en la mano Tannis sufrió un desmayo, ésta era la única palabra para describirlo. Era como si acabara de estar con una mujer. Igualmente cayó hacia delante hasta que su cuerpo se apoyó contra la estructura férrea del bocarte, donde quedó encajado en posición vertical. Perdió el conocimiento y su sueño fue tan profundo que no podría haber dicho si duró treinta segundos o una hora. No soñó. El oro es el material del que están hechos los sueños, pero aquel oro era real. Aquel oro era diferente del sueño, como la imagen de la mujer de un adolescente es diferente del tacto de la carne. En realidad, cuando abrió los ojos el sueño por fin había terminado; finalmente el trance mesmérico creado por la extraña llegada de Vogel se había evaporado.
O así lo experimentó Tannis cuando pestañeó y miró a su alrededor en el silencio y el polvo de aquella extraordinaria cámara. Se desperezó estirando la dolida espalda y luego encendió uno de sus Luckys, como una manera de decirse a sí mismo que había retornado a la normalidad. Después, para subrayar esta sensación, fumó tranquilamente y contempló a los animales alrededor del pesebre… «¡Un pesebre, por Dios! -pensó-, no puedo creerlo», frase que le pareció de lo más normal.
Sin embargo, normal o no, todo había cambiado, todo se había alterado. Ya recuperado, Tannis no tuvo la menor duda. Apre
tó la pequeña pepita en la mano y supo que representaba algo realmente fabuloso. Imaginó lo que su padre hubiera pensado. El mineral de oro se clasifica en gramos por tonelada. En Estados Unidos dos gramos se considera bueno, cinco o seis sería extraordinario, pero el que tenía en la mano era probablemente de más de una onza, treinta o cuarenta gramos por lo menos, comparable con el descubrimiento de Moodies, en Sudáfrica. Tannis sabía que, si Vogel había descubierto realmente una veta comercial de mineral de esa riqueza, valdría miles de millones, literalmente, y que incluso un descubrimiento pequeño valdría millones.
¿Era posible?
Suponía que sí.
Pero no probable.
Los grandes descubrimientos del Panamint habían sido de filones de plata: Cerro Gordo, Darwin, Greenwater, Skidoo. No obstante, siempre había habido algo de oro, y había habido un montón al oeste de aquel lugar, cerca de Randsburg. Todo el mundo sabía, además, que en algún sitio entre Tin Mountain y Wingate Pass estaba la cueva del tesoro, protegida por una roca en equilibrio, donde se guardaba el oro de los paiutes. Todo el mundo menos los antropólogos, claro está, quienes afirmaban que para los paiutes el oro era un material inútil. ¿Pero qué sabían ellos? Las viejas leyendas se habían demostrado en otras ocasiones y, a la postre, nadie podría negar lo que tenía en la mano, pues no hay nada en el mundo más tangible que una pepita de oro. El hecho de que Vogel lo hubiera descubierto formaba parte sin duda de un cuento de locos que sólo un loco creería. Vogel el alemán; Buhler, un sobreviviente de los campos de concentración; los últimos días de la guerra, el Reich en llamas; un mapa doblado sobre el corazón de un soldado americano muerto. Uno podía imaginar lo que quisiera. Porque el oro era real. Y este hecho, por increíble que pareciera, lo cambiaba todo. Modificaba las motivaciones de todos. El oro explicaba el viaje de Buhler desde Alemania. El oro explicaba por qué Vogel lo había matado. Pero lo que no explicaba, lo que aún se le escapaba, era la relación consigo mismo y con Harper. ¿Qué había ocurrido aquel viernes por la noche? Buhler, Marianne, la cueva, el oro. ¿Por qué contárselo a él?
La respuesta a esta pregunta parecía tan remota, tan impro ble, que en realidad se le antojó el argumento perfecto para irse a casa y olvidarlo todo. No veía qué tenía que perder. Desde luego, no tenía nada que temer del FBI. Su método «científico» tenía una hipótesis: toda la historia estaba escrita y predicha en la biblia de sus archivos. Todo era una repetición. Siendo una novela, la historia de Vogel se volvía esencialmente inconcebible. Así que, si él, Tannis, se limitaba a marcharse ahora… Pero estos pensamientos, en realidad, sólo le pasaron por la mente. Había despertado de un sueño, pero éste lo había conducido demasiado lejos. Mientras reflexionaba se había ido deslizando por la estructura del bocarte, de modo que tenía la espalda apoyada contra el aparato y estaba en cuclillas. Entonces, con un rápido e inconsciente gesto, se balanceó hacia delante y se echó la mano atrás para palpar el Colt, y lo que pensó reveló su verdadera intención: no, no tenía sentido volver a la camioneta para coger el rifle. Porque…
Realmente no tenía que ser explícito sobre su conclusión, sabía que intentaría encontrar a Vogel y que no tenía sentido disparar sobre él y menos a la distancia de un rifle. Primero tenían que hablar para descubrir qué significaba todo aquello. Por tanto el Colt era todo lo que necesitaba. Sí, iba a encontrar a Vogel. Cogería uno de sus burros o su caballo y cabalgaría cañón arriba hacia las colinas para atraparlo. Lo cual significaba que iba a meterse en la base, porque allí era donde estaba Vogel. Era el único lugar donde podía estar; había bajado por esa montaña y había vuelto a subir por el mismo sitio, y no había nada más al otro lado. Pero tenía que moverse deprisa, una buena estrategia en general, pero sobre todo ahora, puesto que Tannis consultó su reloj y vio que ya eran las tres de la madrugada. Un retraso significaba esperar hasta la noche del día siguiente, ya que tenía que viajar en la oscuridad. Aparte de los obstáculos que planteaba el terreno mismo, aunque eran considerables, ponerse a salvo en aquella parte inexplorada de la cordillera sería sencillo, al menos sobre el terreno. No había vallas y los sensores electrónicos no distinguían entre un caballo y un ciervo, o entre un hombre y un coyote. Pero una vez que saliera el sol aparecerían las patrullas aéreas. Por eso Vogel había dado media vuelta inmediatamente, quería estar a cubierto antes del amanecer. Por ese mismo motivo, concluyó Tannis, tenía que marcharse enseguida, si es que decidía emprender la marcha.
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