Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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Se había movido, y estaba demasiado lejos para retroceder.

El sol se había puesto ya. Era la oscuridad, en otras ocasiones causa de pavor, lo que le había dado por fin el coraje suficiente. Porque suponía que él no podía verla. Aunque, por supuesto, sí que podía. No obstante, pensó Tannis, se había comportado muy bien. Había apagado todas las luces del remolque. La puerta, al abrirse, había provocado el mínimo cambio en la oscuridad. Pero algo la había traicionado y, al tiempo que descubría su silueta, Tannis se dio cuenta de que llevaba a la niña en brazos envuelta en una manta, como si la salvara de un incendio o corriera a llevársela al médico; ahí estaba el pánico que había atraído la atención de Tannis. La mujer avanzó hacia el coche, o hacia el lugar donde debía estar, y desapareció al amparo de su sombra más profunda. Tannis prestó atención. La puerta se abrió con un chasquido, tan intenso era el silencio, como la detonación de un disparo, aunque, unos segundos más tarde, cuando la cerró, el mismo ruido sonó extrañamente amortiguado, remoto, infinitamente distante. De un modo misterioso le hizo sentir que estaba viendo el pasado, que todo aquello ya había ocurrido y que la había perdido, que él se había quedado muy lejos, atrás. Por un instante la perdió de vista por completo. Pero en realidad seguía allí. No se había metido en el coche, sólo se había inclinado hacia el interior para meter a la niña en la parte trasera. Y ahora estaba allí de pie, por encima del techo del coche, Tannis veía el contorno de su cabeza y de sus hombros a contraluz. Volvió a la casa, cerró la puerta. Volvió al coche. Tannis la seguía en la penumbra. Por fin se apresuró a rodear el coche y abrió la puerta del conductor, luego, aparentemente, se inclinó hacia dentro, quizá buscando algo bajo el salpicadero. Tannis no comprendía. ¿Un arma? Pero casi inmediatamente entró en el coche y el motor emitió un profundo y carrasposo rugido en la noche del desierto. Unos segundos más tarde Tannis se vio sorprendido al menos de dos maneras distintas.

Había supuesto que la mujer iría recto hacia él, en dirección hacia la autopista, y por tanto había ocultado su propio vehículo completamente detrás de las rocas. Pero Marianne hizo girar el coche en redondo y tomó exactamente la dirección opuesta, alejándose de él; pasó junto a la casa y se adentró en el desierto y las colinas. La segunda sorpresa: no había encendido ninguna luz. Se sorprendió ante el hecho en el mismo momento en que comprendió que también se estaba alejando. Con una imprecación bajó gateando por la roca, luego dio un salto, golpeó la arena con un gruñido y cayó rodando sobre el hombro. Tumbado allí escuchó, pero el sonido del coche se había perdido ya, obstaculizado por la pendiente del cráter. Mientras corría hacia la camioneta decidió que no podía arriesgarse a encender las luces, pero se inclinó lo más cerca posible del parabrisas cuando pisó a fondo el acelerador para sobrepasar el borde de la cuenca y la parte delantera se levantó lo suficiente para permitirle vislumbrar brevemente el Peugeot a lo lejos. Pero después ya no estaba y él se deslizaba cuesta abajo hacia el interior del cráter, donde un pálida nube de humo emergía en remolinos en la noche, como niebla. Instintivamente giró el volante para evitarlo, pero estuvo a punto de estrellarse contra el remolque. En realidad, el polvo era todo lo que podía perseguir. Con un golpe de volante, volvió en pos del polvo, patinó por un área de terreno de suave arena y volvió a encontrarlo: espirales de granos de arena, luego una neblina en capas a la deriva, luego una nube más espesa. Sacó la cabeza por la ventanilla. Conduciendo con una mano en el volante, entornó los ojos y mantuvo la camioneta dentro de una especie de penumbra fluorescente. Enseguida se le llenó la nariz de polvo y tuvo los dientes y encías tan secos como papel. Pero mantuvo la cabeza fuera inflexiblemente, mientras la camioneta saltaba y brincaba y le hacía golpearse la cabeza contra los lados de la ventanilla. En un momento dado se hundió el morro de la camioneta y con un fuerte sonido metálico el depósito del aceite chocó con una roca. Tannis lanzó un juramento, pero luego empezó a dominar la situación. Después de todo, en el desierto nada podía derrotarlo. Y comprendió entonces lo que había estado haciendo la mujer cuando se había inclinado por debajo del salpicadero. El Peugeot no tenía luces, pero como Harper podría muy bien haber explicado, una de las primeras aplicaciones de los infrarrojos eran los faros y los convertidores de imagen que los alemanes habían adaptado a sus tanques para que pudieran moverse de noche. Supuso que Vogel debía de haber adaptado al Peugeot un sistema similar que ella había conectado y que ahora le permitía «ver en la oscuridad» sin que nadie pudiera descubrirla a ella. Sin embargo, no todo eran ventajas. Resultaba extraordinario que su coche se desenvolviera tan bien en aquel terreno, pero tendría que mantenerse a una baja velocidad, pues incluso los neumáticos con cadenas tenían sus limitaciones. Al rato el polvo empezó a clarear y Tannis se dio cuenta de que estaba rodando por roca desnuda, una dura cresta que probablemente sobresalía a lo largo de una bajada que se extendía, como un enorme abanico, desde la boca del cañón que había delante. La negra noche pasaba rápidamente por su lado. Metió la cabeza. Había recorrido un kilómetro y medio, calculó, lo cual significaba que las colinas debían de estar a tan sólo unos kilómetros y que ella tendría que detenerse. Así que, durante unos minutos, siguió con el pie en el acelerador, pero luego empezó a aminorar, quedándose atrás, hasta que apenas se movía. Finalmente se detuvo, ya que sintió que el terreno descendía abruptamente bajo él. Volvió a sacar la cabeza, pero la oscuridad era impenetrable. Aun así, ella sólo podía estar unos cuantos cientos de metros más adelante. Tannis tomó una decisión. Bajó de la camioneta y la rodeó corriendo hasta alcanzar la parte posterior. Con la punta del gran Colt rompió ambas luces traseras. Luego puso en marcha la camioneta y le dio la vuelta hasta que se encaró con el camino por el que acababa de llegar y encendió los faros. Durante un instante iluminaron el terreno con una brillante fosforescencia, pero en el desierto la dirección lo es todo, y puesto que las luces traseras no se habían encendido, sabía que ella no vería nada. En cuanto a él, había visto exactamente lo que quería ver. Como había supuesto, había conducido el coche a lo largo del lomo de una roca, con piedras a ambos lados y trozos de suelo más ligero y liso en medio. Cuando ella regresara (pues en eso era en lo que ahora estaba pensando), tendría que seguir aquel camino, así que, deliberadamente, sacó la camioneta de allí, bajándola a uno de los huecos arenosos, bien lejos de su camino. Finalmente, detuvo la camioneta y apagó el motor. Escuchó atentamente unos segundos, pero no oyó nada salvo el viento.

El desierto. La noche. Persecución. Para Tannis formaba parte de una segunda naturaleza, sabía exactamente qué hacer. Se quedó parado un instante junto a la camioneta, orientándose, sintiendo la curiosa sensación de claustrofobia que forma parte de la oscuridad del desierto: aquel vasto espacio cerrado sobre él, como el profundo pozo de una mina en el que un mal paso podía hacer que uno cayera hacia la eternidad. Pero estaba tan acostumbrado a esa sensación y la oscuridad formaba parte de él en tan gran medida que la ignoró y empezó a caminar rápidamente. Sólo podía ver veinte metros por delante, pero el viento era regular y se guió por él para decidir la dirección. Se movía con cuidado (sería muy fácil torcerse un tobillo) y cada pocos minutos se detenía y escuchaba. Pero no había sonido alguno excepto el de la brisa sobre la arena y las rocas y sus cabellos. Estaba todo en silencio; casi podía oír sus párpados moviéndose. Entonces, después de un rato, se dio cuenta de que estaba en un cañón; el viento se arremolinó y él percibió paredes invisibles alzándose a ambos lados. Por supuesto, ya lo esperaba. Empezó a contar los pasos. Tras dar cincuenta, el terreno empezó a descender más abruptamente bajo sus pies; pronto tuvo que apoyarse en él y, rápidamente, el terreno cambió por completo. Piedras enormes se erguían a su alrededor, imponentes, silenciosas, implacables en la oscuridad, grandes bloques de roca que habían caído de altos riscos mil años antes. Instintivamente miró hacia arriba y dudó. Y aunque seguía sin distinguir nada, sabía exactamente qué había allá arriba. Había estado subiendo por la entrada de un cañón y ahora se acercaba a su cara, o posiblemente a uno de los lados. No había manera de saber hacia qué lado debía girar.

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