– ¡Anna! ¿Qué crees que estás haciendo? Fíjate cómo vas.
La niña rió.
– I took off my clothes! You have big toes! Nobody knows! Have a long doze! [23] -Entonces se puso seria al darse cuenta de que Tannis estaba allí; Marianne la levantó del suelo, le dio una pequeña bofetada y se produjo un pequeño lío: Tannis apurando el cigarrillo, girándose de lado cuando la mujer pasó rozándolo, un grito de Anna y todo terminó en la puerta del remolque. Pero no le importó. La iniciativa de la mujer era pura ilusión. Había conseguido lo que había ido a buscar. Pero quería llevárselo a casa. Convencerse de que no cabía la menor duda, mantener el mismo ritmo, porque sabía que seguía disponiendo de muy poco tiempo. Así pues, al llegar al último escalón se volvió y dijo:
– Será mejor que se lo diga a su padre cuando lo vea. Dígale que he venido. Y dígale que el viernes por la noche hablé con Buhler. Buhler. El sabrá lo que quiero decir.
Y se fue, sin más. Sabía que ella sabía que él sabía. Ahora ella correría. Correría y dejaría huellas tras de sí. Y él las seguiría.
Tannis se encontraba en su elemento. La mujer estaba asustada, terriblemente asustada, y Tannis percibía el miedo como una brújula reconocía el norte: era sensible a él como a una fuerza misteriosa y primitiva. Para Tannis el miedo era la mayor de las magias, y se había enseñado a sí mismo cada principio y cada truco mágicos. Escojan una carta, cualquier carta… él siempre adivinaba cuál era.
Tenía ese don, talento, intuición o genio; llámenlo como quieran. Su mente podía saltar. Tenía ideas que nadie había tenido antes. En una ocasión, sentado en la playa de Santa Mónica (estaba aún en CalTech, debía ser alrededor de 1942, año en el que la playa y la contemplación filosófica aún no se excluían mutuamente), se había pasado toda una tarde recreándose en las olas y tratando de resolver el enigma. Escuchando el ruido del oleaje al romper sobre la playa, había intentado imaginar el momento en el que a Beethoven se le ocurrió el tema para su Novena Sinfonía, alle Menschen werden Brüder [24], sin duda una de las ideas más importantes que se hubieran tenido nunca. Había cambiado el mundo, el mundo había sido un poco diferente después de que aquel tema se hubiera compuesto. ¿Pero qué había ocurrido? ¿De dónde había venido aquella idea? Se preguntaba si el propio mundo habría cambiado, se habría agrietado o descompuesto, permitiendo así a Beethoven idear aquella serie particular de notas. ¿O en realidad lo habría pensado él por sí solo? ¿O había sido una casualidad? Quizás el tema ya estaba allí y él se había limitado a tropezar con él, como Colón al descubrir América. Se decía que, en el fondo, la pregunta era: ¿existía Dios? Si Beethoven sólo había encontrado el tema, Dios debía ser el auténtico compositor, mientras que, si Beethoven lo había creado por sí mismo, él era Dios, o algo tan parecido que no implicaba ninguna diferencia, cosa que la gente odiaba admitir, así que inventaba palabras como suerte y talento. En cuanto a él, incluso en aquella época, había sabido a qué atenerse. Ya se le habían ocurrido ideas que nadie más había tenido nunca, y sabía que no tenían nada que ver con la suerte. En cambio estaban muy vinculadas al miedo. El miedo era la clave. Uno siempre pensaba como reacción contra el miedo, y había miedo en todas las ideas verdaderas. Era indudable que se podía oír en alle Menschen werden Brüder , se podía sentir esa emoción que hace estremecer. Las grandes ideas habían asustado incluso a los hombres que las habían concebido. Algunas veces el miedo a sus propias ideas los habían llevado a la locura. ¿Por qué? Creía saberlo. Porque todas las ideas verdaderas, por definición, empezaban siendo secretos, quien las pensaba era el único que las conocía. Sí, todas las grandes ideas, en el instante en que uno las pensaba, mientras la melodía seguía silbando en la cabeza, eran secretas. Lo cual planteaba otra pregunta. ¿Por qué revelar el secreto? ¿Por qué contárselo a nadie? ¿Por qué no guardarse la melodía para sí? Bien, conocía la respuesta: el miedo era demasiado poderoso. Al contarlo, al confesar el secreto, incluso los grandes hombres escapaban a ese temor. Su secreto poder, el poder de su secreto, era excesivo. Pero no para Tannis.
Desde entonces había sabido que él era más fuerte. Conocía el miedo y no lo temía. Y aquella tarde, largo tiempo atrás, había contemplado el Pacífico llegar ondulante hasta la playa y se preguntó por los demás hombres como él que habían rechazado, que habían resistido el miedo, que habían jurado guardar los grandes secretos para sí mismos. No tenían miedo y por lo tanto mantenían el poder del miedo, que los alejaría eternamente de los demás hombres. Había sonreído al pensarlo. Todo había empezado con alle Menschen werden Brüder .
Esa tarde (ya avanzada) Tannis no estaba pensando en realidad en eso, pero cuando dejó el remolque de Marianne Vogel y caminó de vuelta a su camioneta, todo aquello volvía a ser cierto. La serpiente. La niña. La mujer y su mirada sorprendida. Su mente había saltado, Tannis se hallaba en aquel claro y brillante espacio en el que tanto le gustaba estar. Cuando el sol se puso tras los volcanes dormidos y se levantó una seca brisa, disfrutó de una bocanada de ozono, el olor que se esparce antes de la tormenta, y que era también el olor del miedo. Quizá se mezclaban, porque había tenido la sensación de que la mente de Marianne también había saltado, de que la mujer se había acercado a un secreto más allá incluso de los secretos que ella conocía. Parecía que de repente todo entre ellos era recíproco; se basaban en la misma suposición; también ella conocía las leyes del miedo.
El cazador y la presa; tal era el código establecido. En la penumbra del miedo alrededor de Marianne, estaban unidos indisolublemente, como el antílope cuyo brinco final provoca el asalto del león, o el conejo que se queda paralizado cuando el armiño se acerca furtivamente. Pánico y parálisis: el equilibrio era demasiado delicado. Él quería que Marianne corriera, pero no a ciegas. Ella debía correr hacia Vogel, así que necesitaba suficiente autocontrol; él tenía que proporcionárselo. Por consiguiente, y tal como Tannis lo sentía, habían establecido un pacto sobre esas bases: él fingiría y ella fingiría, y así él no tendría que asustarla y ella no tendría que estar asustada. Estos pensamientos eran meros murmullos que confirmaban sus instintos, puesto que sabía exactamente qué debía hacer. Dos grandes piedras, como dos dientes de conejo, sobresalían del reborde del cráter donde se hallaba el remolque. Ocultó la camioneta y trepó por el hueco que se abría entre ellas. Desde allí veía todo lo que había debajo. Pero era tan discreto que apenas miró. De hecho, se tumbó de espaldas y miró hacia otra parte, dándole a ella todo tipo de facilidades para escapar, porque así no lo haría. Cuando extendiera la mano hacia la puerta, los ojos de él se moverían y paralizarían su alma, como la paz de la oscura mirada del armiño, o la dulce promesa del olvido en la del león. Así que ella permaneció inmóvil. Tannis miró hacia abajo, la casa, el Peugeot, las sombras que se alargaban lentamente; miró fijamente a lo lejos. Era una mirada muy sencilla y, sin embargo, pensaba a menudo que en la visión de sus ojos estaba la primera forma de magia, su primer auténtico secreto. El más antiguo. Al principio los ojos de los bebés no pueden enfocar; luego aprenden a hacerlo, y entonces todo se resuelve, en belleza, terror, magia. Esa primera mirada. A primera vista. La clarividencia se limita a recaptar esa primera mirada, y él era un maestro. El espacio se colapso. Ahora, al observar hacia abajo, Tannis estaba tanto aquí como allí, era un vidente, podía verla a la perfección, y luego desvió la mirada para quitarle el miedo. Casi oía los pensamientos de ella. Como una mujer que camina por una calle solitaria y escucha pasos detrás de ella. Está sumamente asustada, pero sólo se volverá a mirar cuando esté segura de que se han detenido. Y luego tiene miedo de echar a correr, porque tan pronto como acelere los pasos se oirán de nuevo, oh, mucho más deprisa. Pero aquél era su pequeño pacto. ¡Dése la vuelta! ¡Mire hacia atrás! ¿Ve?, ¡no hay nada de qué asustarse! Así que Tannis desvió la mirada hacia arriba, y vio luces deslizándose por el cielo que se oscurecía. Era un F-18 de regreso a Armitage Field, porque la torre cerraba con la puesta de sol. Miró hacia atrás, donde las plantas del desierto se esparcían en exuberantes sombras (como si crecieran sólo en ausencia del sol). E incluso miró hacia dentro, dejando que sus pensamientos vagaran por su cuerpo, el hombro que le dolía, la boca seca; hasta que de repente se dio la vuelta y allí estaba ella.
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