Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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– Debería darle las gracias… por lo de la serpiente.

Pero ni siquiera le concedió aquello.

– No, si no quiere.

Ella se apoyaba en el umbral de entrada a la cocina. Intentó encogerse de hombros, pero no lo logró. Él veía claramente que estaba asustada. Después de todo, tenía un arma en la mano y era un hombre corpulento. En aquel pequeño remolque parecía muy grande. Tannis podía pegarle. Podía sacarle la verdad a golpes, así de sencillo. Pegarle con la mano abierta. Eso era, pensó Tannis, tenía miedo de eso, pero no querría admitirlo. Así pues, su truco consistiría en permitirle comprender la verdad sin contársela de sus propios labios, sin que tuviera que pegarle. Se convertía de ese modo en una especie de juego. Una comedia. Sonrió otra vez. Cerca de ella, casi sentía su calor… bueno, era como la serpiente. Tannis dio media vuelta para adentrarse en la oscura y fría salita de estar. Estaba claro que iba a echar un vistazo, tanto si ella quería como si no, pero él percibía que la apariencia de normalidad era tan importante para ella que en su mente se estaría formando el pensamiento «¿Por qué no entra y se sienta?» Pero claro está, no lo dijo; no podía confiar en que su voz no la delatara. Todo había ido ya demasiado lejos. Tannis se encaminó hacia el umbral con cortina de cuentas. Era el dormitorio de la niña. Tenía una litera de madera pegada contra la pared; había unas muñecas agradablemente colocadas bajo la ropa de la litera inferior mientras que el vestido de la niña aparecía extendido sobre la superior. En la pared había un póster desvaído, los colores apenas visibles: «El Desierto Viviente de Walt Disney.» Retrocedió. Las cuentas sonaron al volver a su sitio. A un lado de la salita había un corto pasillo. Oyó a la niña al otro extremo, salpicando agua en el baño. Aparte de esa puerta había tan sólo una más y la abrió. Dentro encontró otro dormitorio con dos camas individuales pegadas a paredes opuestas y un tocador en medio. Estaba muy desnudo, una cárcel, un monasterio, un internado. Sin alfombras. Sin cuadros. El único signo de que alguien lo habitaba era un cepillo para el pelo sobre el tocador y un espejo colgado encima en el que vio a la mujer tras él, observándolo. Tannis sonrió, mirando las camas, de modo que ella pudo verle sonreír. «Pero no diré nada.» Cerró la puerta. Se dio media vuelta. Y ella se alejó hacia la salita de estar. Ésta tenía un toque más personal. En el suelo, esparcidas por todas partes, había capas de alfombras y mantas; mantas indias, mantas navajo, y otras colgando de las paredes. No había auténticos muebles, sólo cojines y más mantas enrolladas, para sentarse encima. En realidad la habitación en la oscuridad recreaba verdaderamente el ambiente de una tienda india, o de la de un beduino. ¿Sería aquello parte de la verdad? Se preguntó de nuevo si ella sería medio india, pero luego descartó tales pensamientos. La verdad sobre ella, sobre ella y sobre la niña y Vogel, era mucho más evidente. Como la carta robada [22]. Estaba a la vista de todos. En realidad, ya la había visto. Oyó a la niña cantando desde el otro lado del remolque, «You deserve a break today…» Vio un único parpadeo en los ojos de la mujer cuando la atención de él se centró en su hija, y fue aquello lo que finalmente le hizo hablar.

– Lo siento, mi padre no está.

– ¿Cuando vio a su padre por última vez?

– No he estado aquí en toda la semana. Estaba en Laredo.

Indios… Laredo… Río Grande…

– ¿Pero cree que está en Los Ángeles?

– Ha dejado una nota.

– Así pues, ¿cuánto tiempo cree que estará fuera?

– No mucho. -El tono fue lo bastante conversacional como para que se relajara un poco, pero aun así, se contuvo. Él la observó. Su cara era hermosa, como la forma que el ojo captaba en las aguas onduladas tras los helechos. Se ocultaba bajo el agua o entre los helechos. Lo miró con sus ojos asustados. ¿Lo había visto él? Eso fue lo que Tannis vio en sus ojos-. Sólo ha ido a comprar unas cuantas cosas, dice la nota -prosiguió ella-. Es un entusiasta de las piedras. Busca… -Se encogió de hombros.

– ¿Un tesoro enterrado? ¿El filón de Gunsight?

– Algo parecido -asintió ella, intentado sonreír. Se echó hacia atrás, apoyándose en el umbral de la cocina. Sacó cigarrillos del bolsillo superior de la camisa, Virginia Slims, y encendió uno-. Esa propiedad de la que hablaba…

Él la contempló. Sí, era como un juego: animal, vegetal o mineral. Veinte preguntas. ¿Caliente, caliente? Encendió un Lucky.

– ¿No la recuerda?

– Creo que ahora sí. Pero nos fuimos de allí cuando yo era aún más pequeña que Anna. Nos fuimos a Arizona. Luego a México.

– ¿Entonces no sabe nada sobre ella?

– No.

– ¿No recordará, por casualidad, si tenía caballos allí?

– No. No lo creo.

– ¿Los tiene ahora?

– No. No tiene caballos.

Mentía, sin duda, y él sonrió. En el bidón de aceite al que había arrojado la serpiente había visto tres o cuatro frascos con la etiqueta de sulfametanina, un medicamento para curar ahogos o neumonía a los caballos. Se fumó el cigarrillo. Se miraron. ¿Quién había parpadeado primero?; todo era así. Todo seguía teniendo significado. La mujer, la niña, la serpiente. Todo estaba relacionado, con Buhler, Vogel, Harper. Todo estaba relacionado, y empezaba a recordarlo todo. Aquélla era en cierto sentido la parte más extraordinaria de todo el asunto, pensó. Buhler había ido del campo de concentración a Alemania Oriental. Cuarenta años más tarde se había presentado allí. Vogel había abandonado el condado de Kern hacia 1960; ahí estaba ahora, a menos de cincuenta kilómetros. Y no podía olvidarse de sí mismo, el observador que formaba parte intrínseca del experimento. También él había acudido. ¿Qué significaba que estuviera ahí, que hubiera matado a la serpiente? La serpiente, como el emblema sobre un timbre o un medallón, parecía enroscarse entrelazando así la belleza de la mujer y su miedo. Adán y Eva. La carta robada. Estaba de pie allí, estableciendo aquellas asociaciones que le suscitaron un recuerdo, Munich, justo después de la guerra, cuando le habían enviado a entrevistar a un judío que había estado en Dachau, y él había ido al hospital para visitarlo cada día durante una semana. Era un moribundo. No podían reanimarlo. Pero estaba contento de poder hablar, en especial con un americano, y le pidió que le llevara algunos libros, sobre todo de Jack London, a pesar de que no tenía siquiera la fuerza necesaria para sujetarlos con las manos. Le pidió a Tannis que le leyera los títulos, los títulos de los relatos y de los capítulos: «Bátard», «Hacia lo primitivo», «La ley del garrote y el colmillo», «La dominante bestia primitiva», «El que se ganó la primacía», «El rastro de la carne», «El grito del hambre», «El cubil», «El reino del odio», «El indomable». Aquéllas eran las verdades que lo habían mantenido con vida, o al menos eso afirmaba… Y Tannis, emergiendo del paréntesis del recuerdo, continuó, pensando todavía en la serpiente enroscándose alrededor de la belleza de la mujer y de su miedo, pensando en Eva en el Paraíso. Pero se equivocaba, porque la mujer no era inocente; la niña era la prueba. Y además, podía notarlo en ella. Lo percibía. Era una mujer que lo había hecho por todas partes. Pero claro, también la inocencia era otra mentira. Siempre lo hemos sabido; él lo sabía. Lo sabía en ese preciso instante. Y ella sabía que él lo sabía. Estaba justo ahí, abiertamente, sí, igual que la carta robada. Ella notaba que estaba ocurriendo igual que lo notaba él, aquello que crecía en él, aquella lenta y cálida excitación. Ella nada podía hacer al respecto. Podía tomarla. Podía tirarla de espaldas. Follarla. En ese mismo momento. Podía llevarla a la otra habitación y follarla con la niña justo detrás de la cortina de cuentas. Si se acercaba y le tapaba la boca con la mano ella no gritaría. No, le encantaría. Miró sus ojos, con aquella mirada lenta, apagada y sobrecogida… Pero entonces, de repente, mientras estaban allí de pie los dos, con gran ímpetu y estrépito la niña se acercó corriendo desde el cuarto de baño, completamente desnuda, y se tiró al suelo. Hacía muecas y reía y aquello, extrañamente, los devolvió a la normalidad, como si hubiera sido un vecino que se hubiera dejado caer por allí para charlar un rato.

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