Mientras pronunciaba estas palabras ambos miraron a la niña. Se había alejado al azar y estaba en cuclillas sobre el polvo, jugando con dos pequeñas figuras de plástico no más grandes que las chucherías que se daban como obsequio en las fiestas. Les hablaba con una voz suave, confidencial. Debbie, una de las figuras, al parecer se marchaba de viaje a Búfalo. Tenía que escribir sin falta. Cuando volviera, William iría a buscarla al autocar. Mientras continuaba con su diálogo, Tannis se enteró de que la pequeña se llamaba Anna y de que no estaba en absoluto asustada. A Tannis le pareció que de algún modo aquello formaba parte de la situación, el hecho de que la mujer hubiera absorbido todo el miedo.
– Déjeme echar un vistazo -dijo-. Usted quédese aquí con ella, o quizá quiera jugar en la trasera de la camioneta.
Marianne asintió, lo miró… y entonces, cuando se dio media vuelta, hubo un momento, no del todo reconocido, en que la fotocopia pasó permanentemente a las manos de ella, como el pequeño regalo que él le hacía, el secreto de su papá… Al poco, él llevaba el arma y caminaba hacia la casa.
No la engañó. Rodeó dos veces el remolque. Pero si la serpiente estaba allí, había vuelto a reptar hacia el espacio que había debajo. Se asomó con cuidado y vio un revoltijo de tablones, herramientas rotas, trozos de alambrada, viejo cable eléctrico; pero ninguna señal de la serpiente. Volvió a dar la vuelta hasta la parte de atrás. Allí había más chatarra, esparcida de manera tan aleatoria que desafiaba todo esquema: viejos ladrillos y bloques de cemento, tablillas para tejados, rollos de cable, un viejo bidón de aceite lleno de basura, e incluso una vieja hormigonera, fosilizada por su último proyecto. Pero también había cinco neumáticos viejos y un generador Yamaha de dos kilovatios con un cable que salía de allí y se metía por la ventana de la cocina. Junto a él había además un tanque de gasolina medio lleno. Hizo rodar un par de neumáticos hasta el borde de la base del remolque, los situó a cierta distancia uno de otro y les prendió fuego con gasolina del tanque del generador. Al principio no pareció causar efecto alguno, tan sólo una andanada de calor y una ondulación en el aire demostraron que se estaban quemando, pero el fuego arreció y empezaron a arder sin llama. El viento era perfecto, no demasiado fuerte, pero constante. En un momento había volutas de un denso humo negro rodando por debajo de la casa.
Tannis dio la vuelta hasta la parte delantera.
Sabía que Marianne y la niña estaban mirando desde la camioneta, pero él mantuvo los ojos fijos en las sombras bajo la casa. Olía la goma quemada. Tras unos instantes apareció una espiral de humo gris y arenoso, seguido, unos cinco minutos más tarde, por la serpiente. Emergió, de hecho, justo por debajo de la puerta delantera, serpenteando por el segundo peldaño, como una extraña grieta en el cemento. Era de un color amarillo arenoso, tal como la mujer la había descrito, con un dibujo de manchas más oscuras en forma de diamante a lo largo del lomo. Tenía unos ciento veinte centímetros de largo, calculó Tannis; era una serpiente de cascabel del Mojave muy larga. Se movió lentamente escalones abajo, luego hacia el otro lado, luego se dio la vuelta, dudó, su negra lengua estaba probando, y se deslizó a lo largo de los escalones.
Tannis la contempló.
Sentía a la mujer observándola.
Tuvo la tentación de volverse, de contemplarla a ella contemplando, pero había pasado demasiado tiempo en el desierto para quitarle los ojos de encima a una serpiente, así que se movió con mucho cuidado, rodeándola, para que una bala rebotada no pudiera llegar hasta la mujer y la niña. La serpiente se deslizó alrededor de una roca, serpenteó por el polvo, siguiendo su sinuoso trazado, moviéndose un poco más rápido. Inclinándose hacia delante, Tannis la observó, con el tórrido sol cayendo sobre su nuca, la frente perlada de sudor. La siguió. Pero no quería que se fuera, que estuviera allí fuera, campando por sus respetos, y cuando sobrepasó el Peugeot (Tannis temió que se metiera debajo del coche), dio cuatro rápidas zancadas tratando de detenerla, acercándose así bastante. Con una sorprendente velocidad, la serpiente se dio la vuelta y se enroscó. Tannis se detuvo. Estaba a unos cuarenta centímetros. Levantó el rifle y echó hacia atrás la palanca. Luego, con toda delicadeza, casi discretamente, la cabeza de la serpiente se irguió para examinar y se mantuvo rígida, momento en el que a Tannis le vino a la memoria un recuerdo de Harper y su mujer en un determinado día, al anochecer, en que había paseado con ellos (una de las pocas veces que habían salido los tres juntos) y habían visto una serpiente, un crótalo cornudo americano, que avanzaba hacia ellos con su típico movimiento lateral por la ondulada arena en sombras. Diana había retrocedido aterrorizada, refugiándose en los brazos de Harper (como una heroína de películas de serie B, había bromeado ella misma más tarde, y había sido la única ocasión en que les había visto abrazarse siquiera tan ligeramente), y Harper había explicado, sí, todavía recordaba su voz, pero seguía sin poder imaginar aquel rostro joven y sin rasgos, que aquél era el primer detector de infrarrojos del mundo (pensando, naturalmente, en el misil): la serpiente, de sangre fría, como si no estuviera totalmente viva, mientras que nosotros éramos como carbones, como pequeños soles perpetuos, de modo que nuestro calor llegaba hasta las fosas debajo de sus ojos y, al compararlo con su propia frialdad, sabía dónde estábamos. Un tercio de un grado bastaba. Si uno excedía la temperatura ambiente tan sólo ese tercio de grado, la serpiente lo localizaba. Ahora, en el Panamint, aquella serpiente sin duda tenía a Tannis, y él lo sabía. Lo miraba fijamente con sus ojos sin párpados, con la cola erguida, aunque aún no sonaba, y su gran cabeza triangular encajaba perfectamente con el paisaje que la rodeaba. Una vez más, ¿qué significaba? Porque todo aquello también significaba algo. Entonces apretó el gatillo y la cabeza de la serpiente explotó en una nube rosa. Acabó así de rápido. Se bajó el rifle del hombro cuando escuchó el eco del disparo. Se volvió hacia la mujer, que había palidecido y tenía un puño apretado contra la boca. Mientras, la niña sencillamente observaba el resto de la serpiente retorcerse y agitarse y morir. Finalmente se quedó quieta. Tannis se acercó. Sus botas levantaban polvo. Notó la mirada de la mujer fija en él. Ella había tenido miedo de la serpiente. Él había matado a la serpiente. Ahora le temía a él. Tannis sabía exactamente qué pasaba por su mente. Podía sentirlo en la nuca, podía sentir el modo en que lo encajaba a él en el modelo de su miedo. Pero no se volvió a observarla de nuevo. Cogió a la serpiente por la cola, la llevó detrás del remolque, el bicho era pesado y grueso y se balanceaba en su mano, y lo tiró dentro de un bidón de aceite que estaba lleno de basura. Echó luego más desperdicios por encima para que los pájaros no la alcanzaran, luego apartó los neumáticos ardientes de la casa y les echó arena por encima hasta que se apagaron. Todo esto le llevó sus buenos diez minutos y cuando volvió a rodear el remolque para salir a la parte de delante, la mujer y la niña se habían ido.
La puerta estaba cerrada; hubiera apostado dinero a que la habían cerrado con llave.
Empezó a subir los escalones, pero se detuvo. Algo le impedía continuar. Sintió una peculiar concentración de la atmósfera. Miró alrededor. A lo lejos, destacando sobre el horizonte hacia el oeste, distinguió las negras y dentadas colinas de Argus Range. Pero más cerca no podía ver nada más allá del borde de aquella cuenca polvorienta y rocosa. No soplaba el viento. Nada se movía. Desde el remolque no llegaba ningún sonido, ningún signo de que hubiera alguien allí. Pero desde luego, ella lo vigilaba y, por un momento, Tannis pensó que simplemente había sentido su mirada, que estaba siendo enfocado. Pero entonces recordó algo acerca de Harper. Harper había sido un experto en «cuerpos negros», absorbentes y emisores perfectos de los rayos infrarrojos; los atraían hacia sí con total eficacia, o les permitían irradiar desde su seno sin interferencia alguna… era, por tanto, un foco de otro tipo. Eso era lo que él sentía. Era el mismo fenómeno que antes. No había nadie más que lo viera, nadie más que lo observara. Aquélla era la única partícula de vida y todo se veía atraído hacia ella o irradiaba de ella. Había atraído a Vogel hasta allí; también a Buhler; también a él. ¿Por qué? La mujer lo sabía. La mujer, la niña, incluso la serpiente; de momento eran el meollo del misterio. Alzó los ojos hacia la puerta. Ella tenía la respuesta. Pero por supuesto mentiría, aunque se preguntaba por qué, porque él había sabido, siempre sabía, cuándo una mujer decía no pero en realidad quería decir sí, o cuándo un hombre hacía una apuesta pero era un farol. Nunca se equivocaba. Así que cuando llamó a la puerta y ella no la abrió inmediatamente, la aporreó con tal fuerza que el marco tembló. Y cuando finalmente ella la abrió, a Marianne apenas le fue posible ofrecer una excusa: «Estaba preparando el baño de Anna.» E incluso así, Tannis subió los peldaños tan rápidamente y con tal determinación que ella apenas pudo apartarse y él pasó rozándola. Se quedó cerca de ella, demasiado cerca para ser completamente normal, pero, tal como él había pensado, el hecho de que ella se alejara hubiera desvelado demasiadas cosas. Miró en derredor. Después de estar a la brillante luz del exterior, el remolque parecía muy oscuro. Parpadeó, oyendo más que viendo: el zumbido de un ventilador y una cinta colgada que revoloteaba empujada por su brisa, un grifo abierto, un silbido que no logró determinar. Sus ojos se adaptaron. Una salita de estar reducida y oscura, más allá, dos puertas. Y un umbral con una cortina de cuentas. La cocina estaba a la derecha.
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