En realidad Tannis no creía esto último. Quedaban un montón de preguntas sin respuesta. Si él no conocía a Vogel, ¿cómo lo conocía Vogel a él? La coincidencia era demasiado evidente: Harper, caballos, Vogel, todo encajaba a la perfección. Pero si era cierto, si los dos Vogel eran la misma persona, sabía que era prácticamente seguro que había descubierto al asesino de Buhler, de modo que incluso la más leve duda podía resultar desastrosa. Tenía que comprobarlo. Lo que de nuevo lo condujo a topar con el enrevesado gobierno local de aquella parte del desierto, ya que el Valle de Indian Wells está situado en el condado de Kern, cuyas oficinas gubernamentales se encuentran en Bakersfield, y Bakersfield quedaba a doscientos cuarenta kilómetros de donde se hallaba. Sin embargo no lo dudó. Llenó el depósito de la camioneta, compró cuatro barras KitKat y se puso en camino. Llegó hacia las tres de la tarde. Para entonces había situado mentalmente el rancho de Vogel, es decir, el rancho donde Diana Harper alquilaba caballos, con tanta precisión que lo encontró en el segundo libro de registro de la propiedad que le entregaron. Los dos hombres eran el mismo: Karl Rudolph Vogel. Tenían que ser el mismo… no obstante, había un detalle curioso. Según el registro, Vogel no había pagado impuestos por la propiedad del condado de Kern desde 1960 y ahora había una serie de gravámenes y embargos sobre la tierra. Así que, al parecer, la había abandonado, incluso se había ido de aquella parte del país, sólo para regresar muchos años más tarde y comprar una segunda propiedad. ¿Qué había ocurrido? ¿Adónde había ido y por qué había vuelto? ¿Y por qué había comprado una segunda propiedad cuando sólo pagando los impuestos atrasados podría haber reclamado la anterior? Pero aunque éstas eran preguntas muy interesantes, su importancia última dependía de la respuesta a la pregunta principal: ¿hablaba alemán Vogel? Había un modo de descubrirlo. Desde una cabina telefónica marcó el número de Vogel. Contestó una mujer. Su voz era fuerte, clara y con un acento totalmente americano. Tannis vaciló, estuvo a punto de colgar, casi habló en inglés, pero luego decidió intentarlo:
– Ja, ich möchte Karl Vogel sprechen [19] .
– Ah… lo siento… Er ist in diesem Augenblicke nicht da… [20] Lo siento, no hablo muy bien alemán. Mi padre no está.
– Comprendo. De acuerdo. ¿Sabe cuándo volverá?
– En realidad no. Está en Los Ángeles. ¿Quiere darme su nombre?
– No importa, señorita Vogel, no sabría quién soy. Pero llamaré más tarde. Gracias.
Colgó y, con el auricular aún en la mano, aspiró profundamente. Quizá el alemán de la chica no había sido perfecto, pero no había demostrado sorpresa alguna cuando le había preguntado por su padre en ese idioma. Sí, estaba casi seguro. Había dado en el clavo. Vogel era el hombre a quien Buhler buscaba, el hombre que había causado su muerte.
Eran ya las cuatro de la tarde, una hora razonable para tomar una copa cuando se acababa de resolver un caso de asesinato. Y Tannis estaba cansado. Había trabajado durante todo el día anterior y desde la siete de la mañana había recorrido 400 kilómetros o quizá más. Pero no se le ocurrió detenerse en ningún momento, como tampoco a un jugador de dados (él lo habría podido expresar así) se le ocurriría jamás pasar los dados al llegar su turno. De Bakersfield viajó a Ridgecrest, otros ciento treinta kilómetros, lugar donde se detuvo a poner gasolina y a comprar un montón de latas de Coca Cola en el Qwik Korner Deli; pero pronto estuvo en camino de nuevo. Un paso seguía a otro, la lógica del impulso lo arrastraba. Ridgecrest Boulevard. La carretera de Trona. A su izquierda apareció brevemente China Lake más allá de la valla, llano, marchito, cubierto de polvo, un paisaje de un marrón blanqueado sobre el que se cernía Lone Butte, una cicatriz gibosa y púrpura con una señal en cal para los aviones. La lógica del impulso. Como un mapa con su clave. Y él la había descubierto. Buhler-Harper-Vogel. Él había rastreado las conexiones. Al reclinarse en el asiento del coche y encender un cigarrillo, se produjo aquel salto característico en su interior, de modo que todo se veía aumentado, más lúcido y las perspectivas cambiaban, emergían los esquemas. Todo adquiría significado. Los primeros principios estaban claros. Si x, entonces… Sí, los primeros principios se abrieron paso a través de los datos, ordenando, seleccionando. Todo significaba algo, desde Buhler atravesando el Control Charlie hasta Diana Harper montando a caballo; desde la Tercera División Blindada entrando en Nordhausen hasta la Exhibición Aérea Tushino y, finalmente, «no hablaba una sola palabra de inglés». Sí, el significado había surgido de todo aquel caos. Como un destello de oro en la arena de la criba. Pero él era el único que lo veía. Era su secreto. Cuando subió por el Valle de Salt Wells y Poison Canyon, cuando alcanzó la cima que dominaba Trona, el mundo entero le pareció su secreto. Él mismo era un secreto. Solo. Las torres de hierro sobre las fábricas, los interminables giros de las cintas transportadoras, los montones de ceniza y sal, los negros estanques de desperdicios que se evaporaban, sólo él podía verlos. En todo el valle no había nadie más para verlos, sólo él y Dios, si había un Dios… y si no lo había, él era ciertamente invisible. Estaba solo en aquel vasto lugar, nadie más lo conocía, así que allá donde mirara se contemplaba en un espejo, como en un estanque donde brillara un perfecto reflejo de su rostro. Sabía todo lo que debía saber, todo se había vuelto inevitable, el destino. Sus ojos recorrieron todo el lado de la carretera, como rastreando huellas de caballos, como si buscar la relación entre el cadáver de Buhler y el nombre de Vogel fuera una mera continuación de la investigación que había iniciado a lo largo de aquel aluvión, un rastro evidente perdido en una zona de esquisto, recuperado de nuevo, borrado con un arbusto a modo de rastrillo, traicionado por fin por las brasas enterradas del fuego de la noche anterior descubiertas por el viento de la mañana. Y justo en el momento adecuado sus ojos se alzaron. En el desierto ciertas figuras son más claras con la distancia, como los cimientos de antiguos edificios que se revelan únicamente desde una cierta altitud. La carretera de Vogel era así. Al alzar la cabeza, Tannis la vio a ochocientos metros de distancia. Era una línea demasiado regular, demasiado blanca, que se curvaba hacia el norte y el oeste atravesando la llana superficie arenosa. Pero una vez que alcanzó el final con la mirada, aquella línea se perdió casi en detalles. No había letreros ni buzón, ni prueba real de que existiera una carretera en absoluto. Pero unas negras marcas de neumáticos revelaban el lugar donde alguien había girado, y las siguió.
Al principio persistió la ambigüedad de la pista. La camioneta iba dando violentas sacudidas a medida que el terreno se hacía más pedregoso y casi pensó que se había equivocado, que no había ninguna carretera. Pero también sabía que lo descubriría. Por supuesto que sí. Y justo entonces dio con una recta aplanada en la que se podían ver los surcos dejados por un refinador al dar media vuelta marcha atrás. Con un ojo en el odómetro apretó el acelerador: seiscientos cuarenta metros… ochocientos… novecientos sesenta metros… Alrededor de él no parecía haber nada más que roca negra, creosota y una neblina salada; un paisaje que continuamente se replegaba sobre sí mismo, un punto indistinguible de cualquier otro. Pero en tal lugar, monótono, monocromático, hipnotizante, incluso el más leve cambio en la configuración del terreno podía ocultar o revelar mucho y, de repente, a un kilómetro y medio exactamente, la carretera ascendió ligeramente, rodeó dos grandes cantos rodados y bajo él, en medio de una amplia y poco profunda cuenca, vio una vivienda remolque sobre tacos de madera. Bruñido por el viento y la arena, el remolque relucía al sol. De las ventanas a cada extremo sobresalían aparatos de aire acondicionado, en el techo se cimbreaba una antena curvada y tres peldaños de hormigón conducían hasta una estrecha puerta. Esparcidos a su alrededor había un par de bidones de aceite, trozos de silenciador de tubos de escape y un montón de ladrillos. Era como un pedazo de yermo industrial y la casa podía haber sido un furgón abandonado en una vía muerta. Redujo la velocidad, luego frenó a unos treinta y cinco metros y esperó mientras la estela de polvo que había provocado la camioneta subía en remolinos hacia el cielo y el zumbido del motor se desvanecía en el silencio. Pero no apareció nadie. Tras unos minutos tocó la bocina. Nadie. Pero tenía que haber alguien dentro, pues distinguió un viejo coche polvoriento (le costó un rato reconocer un Peugeot) aparcado junto a la puerta. Bajó de la cabina y se movió muy lentamente, con cuidado de mantener su cuerpo tras la puerta. Después de todo, Vogel sabía usar un arma. Al mismo tiempo, deliberadamente, evitó coger el arma que había tras el asiento, el 30-30 Marlin que siempre llevaba allí. Para mantener su incertidumbre. Para no alarmarlo… todavía. Pero tampoco él estaba seguro, ya que cuando entornó los ojos para protegerse del sol y olió el viento seco y cálido, empezó a sentirse muy expuesto. Estaba a punto de volver a subir a la camioneta cuando finalmente vio a alguien.
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