John Katzenbach - El profesor

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Adrian Thomas es un profesor universitario retirado, al que acaban de diagnosticarle una demencia degenerativa que lo llevará pronto a la muerte. Ha dedicado toda su vida a estudiar los procesos de la mente y a transmitir a sus alumnos todo su conocimiento. Ahora, jubilado, viudo y enfermo cree que lo mejor que puede hacer es quitarse la vida. Pero al salir del consultorio del médico es testigo involuntario del secuestro de Jennifer Riggins, una conflictiva adolescente de dieciséis años con un largo historial de huidas, que desaparece sin dejar rastro dentro de una camioneta conducida por una mujer rubia. El profesor Thomas se debate entre poner fin a su vida y ser útil una última vez antes de morir. Decide ayudar a encontrar a Jennifer, intentar darle la oportunidad de vivir su joven vida. Para eso debe sumergirse en el oscuro mundo de la pornografía en Internet, un mundo perverso y criminal donde todo su saber académico se pone en juego, y donde debe utilizar los pocos momentos de lucidez para avanzar en una investigación para la que hay muy poco tiempo?

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A veces se preguntaba si habría otros estudiantes en el campus que pagaran por ver a la Número 4. Tal vez todos la amamos, supuso. Le recordaba un poco a una chica que había conocido en el instituto de secundaria. O tal vez a todas las que había conocido en el instituto. De lo único que estaba seguro era de que la Número 4 estaba condenada.

El disparo podría marcar el principio del fin, especuló. Pero tal vez no lo fuera. No podía saberlo. Pero sí sabía que al final iba a morir. Esperaba con ansiedad cómo se produciría el desenlace. Era un seguidor de los vídeos de la yihad y de las imágenes de sangrientos accidentes automovilísticos en YouTube, y lo que realmente quería en la vida era aparecer en Supervivientes o en algún otro reality show de la televisión en el que, estaba completamente seguro, ganaría el premio del millón de dólares.

La Número 4 estaba temblando otra vez. El había llegado a prever su pérdida de control corporal. Eso le decía que su miedo no era fingido. Le encantaba eso. Tanto de lo que veía era falso… Las estrellas pornográficas fingían los orgasmos. Los videojuegos simulaban las muertes. Los programas de televisión simulaban el drama.

No era así en whatcomesnext.com . No era así con la Nú mero 4.

A veces, pensaba que ella era la cosa irreal más real que jamás había visto. Sus especulaciones se interrumpieron abruptamente. Había un movimiento en la habitación. Vio que la Número 4 se volvía ligeramente. La cámara mostró una panorámica con ella.

La puerta se estaba abriendo.

* * *

Jennifer tembló al escuchar el ruido.

Pudo escuchar el crujido que le decía que la mujer con el traje de seguridad estaba entrando en la habitación. Pero en lugar de moverse lentamente, sus pasos sonaban precipitados. En un momento estaba en la puerta y un instante después estaba moviéndose alrededor de Jennifer, con el rostro apenas a unos centímetros de su cara.

– Número 4, escuche con atención. Haga exactamente lo que yo le diga.

Jennifer asintió con la cabeza. Podía sentir la ansiedad en la voz de la mujer. Los habituales tonos fríos y modulados se habían acelerado. Su voz era más aguda; aunque susurraba, se notaba. Pudo sentir que la mujer había acercado los labios a su frente, de modo que la respiración tibia resbaló sobre la cara de Jennifer.

– Usted no va a hacer ningún ruido. Ni siquiera va a respirar demasiado fuerte. Debe permanecer exactamente donde está. No se mueva. No haga el menor ruido hasta que yo regrese. ¿Comprende lo que estoy diciendo?

Jennifer asintió con la cabeza. Quería preguntar por el disparo, pero no se atrevió.

– Quiero escucharla, Número 4.

– Comprendo.

– ¿Qué es lo que comprende?

– Ningún ruido. Nada. Sólo quedarme en este lugar.

– Bien. -La mujer hizo una pausa. Jennifer escuchaba su respiración. No estaba segura de si eran sus propios latidos o los de la mujer los que se escuchaban, reverberando en la pequeña habitación.

Repentinamente Jennifer sintió que le agarraban la cara. Abrió la boca en un grito contenido. Se quedó paralizada mientras las uñas de la mujer se clavaban en sus mejillas, apretándole con fuerza la piel. Jennifer tembló, luchó contra el impulso de apartar las manos que se apoderaban de ella, trató de endurecerse ante el daño producido abruptamente.

– Si usted hace el menor sonido, morirá -le advirtió la mujer.

Jennifer tembló, tratando de responder, pero no pudo. El temblor que le recorrió el cuerpo debió de ser respuesta suficiente. La mano de la mujer se aflojó, y Jennifer permaneció rígida en su posición, con miedo a moverse.

Lo siguiente que sintió era poco familiar, pero feroz. Era una punta aguda. Empezó en su garganta, y luego continuó hacia abajo por el medio, recorriéndole el cuerpo -el cuello, el pecho, el vientre, la entrepierna -deslizándose en un movimiento constante, marcado por pequeños pinchazos, como si una aguja le fuera tocando la piel. ¡Un cuchillo!, comprendió Jennifer.

– Y me encargaré de que su muerte sea terrible, Número 4. ¿Está claro?

Jennifer asintió con la cabeza otra vez, y la punta del cuchillo le tocó el vientre con un poco más de fuerza.

– Sí. Sí. Comprendo -susurró. Notó que la mujer se apartaba. El crujido de su ropa se desvanecía. Jennifer esperó escuchar que la puerta se cerraba, pero no oyó nada. Permaneció inmóvil en la cama, con el oso abrazado, tratando de entender lo que estaba ocurriendo.

Escuchó atentamente, y justo cuando formulaba el pensamiento de que algo no iba bien, sintió que una mano la agarraba por el cuello y empezó a ahogarse. Podía sentir una fuerza inmensa que le robaba cada gota de aire de su pecho. Tuvo la sensación de que estaba siendo aplastada por una inmensa placa de cemento. El miedo y la sorpresa amenazaban con hacer que se desmayara. El dolor se extendió por detrás de la venda, rojo como la sangre. Pateó, sólo al aire. Subió la mano sin pensarlo, pero sus manos se detuvieron cuando escuchó la voz del hombre:

– Puedo hacerle mucho daño, Número 4. Tal vez puedo hacer que sea peor.

Su cuerpo se estremeció. Creyó que se iba a desmayar en la oscuridad de su venda, y luego se preguntó si no se habría desmayado ya, mientras se ahogaba con hilos de aliento.

– No olvide eso -susurró el hombre.

Se estremeció tanto por el tono de la voz como por el mensaje.

– Recuerde: usted nunca está a solas.

Las manos del hombre súbitamente se aflojaron. Jennifer tosió, tratando desesperadamente de llenar sus pulmones. Su cabeza se tambaleó. No tenía ni idea de que el hombre había seguido en silencio a la mujer al entrar en la habitación. En ese momento todo estaba inconexo, sin sentido. Una pelea, un disparo, eso había creado una escena en su imaginación. Pero ellos dos en la celda juntos actuando al unísono no hicieron más que sumirla en un remolino de confusión. Sintió que giraba y luchó por agarrarse a algo que pudiera detenerla en su caída hacia el fondo del pozo de oscuridad.

– Silencio, Número 4. No importa lo que escuche. Lo que sienta. Lo que usted crea que está ocurriendo fuera. Silencio. Si hace un ruido, será lo último que haga en este mundo, aparte de experimentar un dolor inimaginable.

Jennifer cerró los ojos apretándolos con fuerza. Probablemente asintió ligeramente con la cabeza. No creyó haber hablado en voz alta. Escuchó la puerta que se cerraba. Se dio cuenta de que el hombre había atravesado la habitación sin que ella hubiera podido escuchar nada. Esto era tan terrible como cualquiera de las amenazas explícitas.

Se quedó en la oscuridad, como recubierta de hielo. Una parte de sí quería moverse. Una parte de sí quería echar una mirada. Una parte de sí quería abandonar la cama. Ésas eran las partes peligrosas, las que estaban en guerra contra las partes seguras que le decían que hiciera exactamente lo que le habían dicho. Trató de escuchar al hombre o a la mujer. Ningún sonido la respondió. Entonces escuchó algo conocido, algo que era a la vez horrible y amenazador por sí mismo.

Una sirena. Una sirena de la policía o de los bomberos. Se acercaba rápidamente .

Capítulo 34

Adrian giró bruscamente para evitar al otro vehículo y fue saludado con bocinazos y chirriar de neumáticos. El ruido resonó por todo el interior del Volvo, y no era difícil imaginar las maldiciones enfurecidas y los insultos que lo acompañaron. Miró hacia arriba y vio que obviamente se había pasado una luz roja y había evitado un accidente por un par de metros.

– Lo siento, lo siento, es mi culpa -farfulló-, no vi cuando cambiaba… -Como si el otro conductor, que se alejaba a toda velocidad, pudiera realmente escucharlo, o ver la mirada pidiendo disculpas en su cara.

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