John Katzenbach - El profesor

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Adrian Thomas es un profesor universitario retirado, al que acaban de diagnosticarle una demencia degenerativa que lo llevará pronto a la muerte. Ha dedicado toda su vida a estudiar los procesos de la mente y a transmitir a sus alumnos todo su conocimiento. Ahora, jubilado, viudo y enfermo cree que lo mejor que puede hacer es quitarse la vida. Pero al salir del consultorio del médico es testigo involuntario del secuestro de Jennifer Riggins, una conflictiva adolescente de dieciséis años con un largo historial de huidas, que desaparece sin dejar rastro dentro de una camioneta conducida por una mujer rubia. El profesor Thomas se debate entre poner fin a su vida y ser útil una última vez antes de morir. Decide ayudar a encontrar a Jennifer, intentar darle la oportunidad de vivir su joven vida. Para eso debe sumergirse en el oscuro mundo de la pornografía en Internet, un mundo perverso y criminal donde todo su saber académico se pone en juego, y donde debe utilizar los pocos momentos de lucidez para avanzar en una investigación para la que hay muy poco tiempo?

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– ¡Jesús! -exclamó el primer estudiante a la vez que se sentaba en la cama-. ¿Alguien ha disparado a alguien?

– Ha sonado como un disparo.

– ¿ La Número 4 está bien? -preguntó de inmediato el otro.

– Estoy mirando -respondió su compañero de habitación-. Parece que está bien.

El primer estudiante era flacucho y de piernas largas. Usaba los vaqueros planchados y una camiseta que recordaba unas vacaciones de primavera en Cancún. Cruzó la habitación rápidamente.

– ¿Está asustada?

– Sí. Asustada. Como siempre. Aunque tal vez un poco más.

Los dos varones jóvenes se inclinaron hacia delante, como si al acercarse a la pantalla pudieran entrar en la pequeña habitación donde la Número 4 estaba encadenada a la pared.

– ¿ Y el hombre y la mujer? ¿Se sabe algo de ellos?

– Todavía no. ¿Te parece que uno de ellos ha disparado al otro? Recuerda que no hace mucho tenían aquella enorme pistola que agitaban en la cara de la Número 4.

Pero sabían que debían esperar. Ellos, como muchos de sus compañeros de clase, habían crecido con los videojuegos, y estaban acostumbrados a pasar horas delante de una pantalla de ordenador siguiendo el desarrollo de algún drama interactivo como Grand Theft Auto o Doom.

– Obsérvala. Fíjate si escucha otra cosa.

Los dos compañeros de habitación no se daban cuenta de que imitaban los movimientos de ella, estirando la cabeza, inclinándose hacia los ruidos. En algún lugar de los pasillos de la casa de la fraternidad, alguien puso música rock cristiana, lo cual hizo que ambos compañeros de habitación lanzaran maldiciones al unísono. Escuchar lo que estaba ocurriendo en el pequeño mundo de la Número 4 era fundamental.

Eso va a hacer que se mee de miedo -dijo uno de ellos-. Va a tener que usar el inodoro.

– Nooo…, usará al oso. Va a empezar a hablarle al oso otra vez.

En la pantalla, el ángulo de la cámara cambió a un primer plano de la cara de la Número 4. Se podía ver la preocupación y la tensión en la fuerza de su mandíbula, aun con los ojos ocultos. Ambos compañeros de habitación imaginaron que a la Número 4 se le había puesto la piel de gallina por el miedo. Ambos querían extender la mano y acariciarle el vello de los brazos. Era como si pudieran estar en la habitación con ella. Su habitación en la residencia de estudiantes parecía tan calurosa y sofocante como la celda de la Número 4. Uno de los estudiantes la tocó en la pantalla.

– Creo que está jodida -dijo uno.

– ¿Por qué?

– Si el hombre y la mujer están peleando realmente, tal vez sea porque tienen algún desacuerdo respecto a todo el espectáculo. Tal vez se trata de la violación. Tal vez la mujer está celosa porque el hombre se lo quiere hacer con la Núme ro 4…

Ambos miraron el reloj que corría en un rincón de la pantalla.

– ¿Hiciste nuestra apuesta? -le preguntó de pronto su compañero de habitación.

– Sí Dos veces. La primera fue demasiado rápida. Perdimos. Fue tu culpa. Sólo porque tú no hubieras perdido el tiempo si la Número 4 estuviera aquí… -Se detuvo, y ambos estudiantes se rieron-. De todos modos, ya sabes que lo van a estirar. Así es el negocio. Ahora creo que hemos apostado a una hora mañana o al día siguiente.

– Muéstramelo.

El primer estudiante hizo clic en un par de teclas y la imagen de la Número 4 en su habitación en un instante quedó comprimida en una pantalla más pequeña. Un solo mensaje apareció en el resto de la pantalla. Era un texto en letra Bodoni negrita y cursiva que decía: «Bienvenido, TEPSARETOPS .Ha apostado por la HORA 57. Quedan 25 horas antes de que su apuesta entre en juego. La hora de su apuesta es compartida con otros 1.099 abonados. El bote total es actualmente de más de 500.000 euros. Hay horas de apuesta todavía disponibles. ¿ Quiere apostar otra vez?». Debajo del mensaje había dos recuadros: SÍ y NO.

El estudiante movió el cursor al recuadro del SÍ y se volvió hacia su compañero de habitación, quien negó con la cabeza.

– No… Creo que mi tarjeta está cerca del máximo. No quiero que mi familia empiece a hacer preguntas. Les dije que ésta era una web de póquer de fuera del país y me dieron un sermón realmente largo y extremadamente aburrido para decirme que dejara de apostar.

– Seguramente lo siguiente que harán será hablarte de un programa de doce pasos y te preguntarán si vas a la iglesia los domingos.

Se encogió de hombros, movió el cursor a NO e hizo clic. La Número 4 volvió de inmediato a llenar la pantalla.

– ¿Sabes? Esto sería mucho mejor en una pantalla LED gigante.

– Qué bueno. Llama a tu familia.

– Es impensable que me dejen comprarla. No con las notas que he sacado el último semestre.

– ¿Y? -dijo el primer estudiante, mientras se echaba hacia atrás-. ¿Qué va a pasar después? -Miró el reloj de pared-. Tengo ese maldito seminario sobre los usos y abusos de la primera enmienda en media hora. Odio perderme algo. -No se refería a perderse una clase.

– Siempre puedes ir y después ver lo que te has perdido en la ventana «Ponerse al día». -El estudiante hizo clic en otro par de teclas y relegó otra vez la imagen en tiempo real de la Número 4 a una esquina. Como antes, apareció un mensaje escrito en letra Bodoni negrita y cursiva. Decía: «Menú» y contenía varias imágenes más pequeñas. Cada una tenía un título como «Uso del inodoro» o «La Número 4 come» o «Conversación #1».

– Sí, pero odio eso. Lo divertido es seguirlo en tiempo real. -Levantó una pila de libros de texto-. Mierda. Tengo que irme. Si pierdo otra clase, me costará medio punto en la nota.

– Entonces vete.

El estudiante metió los libros en una mochila y cogió una desgastada sudadera de un montón de ropa sucia. Pero antes de irse se agachó y besó la imagen de la Número 4 en la pantalla.

– Te veo en un par de horas, querida -saludó adoptando un falso acento sureño. En realidad él era de un pueblo pequeño cerca de Cleveland, en Ohio-. No hagas nada. Por lo menos, no hagas nada que yo no haría. Y no dejes que nadie te haga nada. No hasta dentro de veinticinco horas.

– Sí. Sigue con vida y sigue virgen mientras mi estúpido compañero de habitación va a su clase para que no lo expulsen y no termine ganándose la vida haciendo hamburguesas.

Ambos se rieron, aunque no era del todo una broma. -Avísame si ves algo. Envíame un mensaje de texto de inmediato.

– Seguro.

Su compañero de habitación acarició la pantalla y se acomodó en el sillón delante del ordenador.

– Eh -exclamó-, tu asqueroso y húmedo beso ha dejado una marca en la pantalla. -El otro le hizo un gesto insultante con el dedo y se fue.

El estudiante que se quedó en la habitación volvió a la Número 4. Le encantaba la cantidad de recursos a los que ella podía apelar, pero al mismo tiempo no quería perderse la violación cuando ésta efectivamente ocurriera. Se preguntaba si iba a ser rápida y violenta, o una teatral y prolongada seducción. Sospechaba que sería esto último. Se preguntaba si ella se iba a entregar y dejar que las cosas ocurrieran, o si iba a pelear, a arañar y a gritar. No estaba seguro de qué reacción le iba a gustar más. Por un lado, le gustaba ver al hombre y a la mujer dominando a la Número 4. Por otro, más bien le gustaba alentar al perdedor, como era evidentemente el caso de ella. Eso era lo que él y su compañero de habitación adoraban de Serie # 4 . Todo era predecible, y a la vez totalmente inesperado.

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