– La poesía, papá. Piensa en los poemas.
Suspiró otra vez. Miró la fotografía de Tommy que tenía encima de su escritorio. Ceremonia de entrega de diplomas del instituto de secundaria. Una foto tomada mientras su hijo no miraba. Estaba sonriendo, con todas las posibilidades de este mundo y ninguno de los dolores y problemas que fueron una parte inevitable de él. Adrián casi creyó que la fotografía le estaba hablando, en ese preciso momento, sólo que la voz de Tommy era insistente y llegaba desde detrás de su cabeza. -¿Qué ves en los poemas?
– Palabras. Rimas. Imágenes. Metáforas. Arte que evoca ideas. Seducción. No sé, Tommy, qué es lo que…
– Piensa, papá. ¿Cómo puede un poema ayudarte a encontrar a Jennifer?
– No lo sé. ¿Es posible?
– ¿Por qué no?
Adrián pensaba que todo estaba invertido. Tommy había sido su único hijo y había sido él quien lo protegía, lo alentaba y lo conducía, y en ese momento era como si el niño fuera él y Tommy supiera cosas que él ignoraba. Sólo que, se daba cuenta, era realmente él mismo quien sabía las cosas, pero eran difíciles de alcanzar, así que Tommy estaba ahí para guiarlo, aun cuando su hijo estuviera muerto. Se preguntó por un momento: ¿Están siempre preparados para ayudarnos los muertos?
– ¿Qué ves?
Regresó al ordenador.
– Sólo fotografías.
– No, papá. No tiene que ver precisamente con la imagen. Es igual que un poema, se trata de la manera en que la imagen es percibida.
Adrián aspiró con fuerza. Recordó esas palabras. Durante años había dado un curso muy concurrido en la universidad, El miedo y sus usos en la sociedad moderna, en el que no sólo se examinaba la naturaleza del miedo fisiológicamente sino que también se extendía a las películas y las novelas de terror y la manera en que el miedo era convertido en parte de la cultura popular. Era un curso del semestre de primavera para graduados y alumnos avanzados, muy apreciado por estudiantes que habían pasado demasiadas tardes inclinados sobre ratones blancos de laboratorio, y que estaban encantados de estar sentados escuchando a Adrián hablar sobre películas como Tiburón, Viernes 13 y Fantasmas de Peter Straub. Tommy había citado las palabras con las que puso fin a la última clase.
– Sí, Tommy, lo sé, pero…
– Jennifer, papá.
– Sí. Jennifer. Pero cómo esto se…
– Papá, piensa bien. Concéntrate.
Adrián buscó, en un rincón de la mesa, un cuaderno de papel amarillo para tomar notas. Levantó una pluma y escribió:
«Jennifer escapa de casa».
«Jennifer es raptada en la calle por unos desconocidos».
«Jennifer desaparece».
«Nadie pide rescate por Jennifer».
«Jennifer está perdida».
Era como un poema en una página. Jennifer desaparecida. Adrián miró las imágenes desnudas en la pantalla. Las modelos no estaban copulando porque quisieran, ni porque lo desearan, ni siquiera porque buscaban placer. Dinero. O exhibicionismo. O ambas cosas.
– Pero no pidieron rescate, ¿verdad, papá? -La voz de Tommy había bajado hasta no ser más que un susurro. Parecía estar resonando en algún lugar dentro de su cabeza.
– Pero cómo alguien puede hacer dinero con… -se detuvo. El mundo entero hacía dinero con el sexo.
– Relaciona las cosas, papá. Relaciónalas. -Era como si Tommy le estuviera suplicando-. Cada una de esas personas es real. ¿Cómo llegaron allí? ¿Qué tratan de conseguir? ¿Quién gana? ¿Quién pierde? ¡Vamos, papá! ¿Si tú estuvieras perdido en un bosque, qué harías?
Se sentía estúpido. Sentía que no sabía nada y estaba atrapado en una especie de fango cerebral.
– Tendría que guiarme yo mismo para salir… -empezó, pero Tommy lo interrumpió.
– Un guía. Alguien que sabe cómo encontrar el norte geográfico. Tú sabes quién es -dijo Tommy-. Pero no va a ser fácil que él te diga lo que necesitas saber. Hace falta ayuda. Hace falta persuasión.
Adrián asintió con la cabeza. Cerró el ordenador y lo metió en un bolso. Buscó su chaqueta y se la puso. Miró el reloj de pulsera y verificó la hora. Eran las seis y media. No sabía si era de día o de noche, pero esperaba darse cuenta cuando saliera. No sabía por qué lo sabía, pero estaba seguro de que Tommy no lo iba a acompañar. Tal vez venga Brian, pensó. Buscó a Cassie, ya que no le vendría mal una palabra de apoyo y estímulo. Ellos dos eran mucho más valientes que yo, pensó. Mi esposa. Mi hijo.
Un instante después pudo sentir que Cassie lo arrastraba.
– Aquí estoy, aquí estoy -se excusó él, como si ella estuviera impaciente. Recordó que cuando eran jóvenes, a veces él estaba trabajando, absorto en algún estudio psicológico, o en algún texto científico, o tratando de elaborar alguno de sus poemas, y ella entraba en la habitación donde él estaba para cogerlo de la mano sin decir palabra y con una leve inclinación de cabeza y una risa lo llevaba a la cama para hacer relajadamente el amor. Pero esta vez había otra necesidad mucho más urgente y podía sentir que ella lo arrastraba insistentemente en esa dirección.
* * *
Estaba oscuro y podía escuchar voces que se alzaban encolerizadas a través de la puerta. Los gritos parecían provenir principalmente de Mark Wolfe, mientras su madre gemía lastimeramente a modo de respuesta. Escuchó atentamente durante varios minutos, de pie fuera, dejando que el frío de la noche se deslizara dentro de su piel. La puerta amortiguaba la pelea lo suficiente como para que él pudiera darse cuenta de la intensidad de la discusión, pero no del tema, aunque suponía que tenía algo que ver con el ordenador que llevaba en el bolso.
Adrián se preguntó si debía esperar una pausa, y luego simplemente llamó a la puerta. De inmediato los gritos cesaron. Golpeó otra vez y dio un paso hacia atrás. Esperaba que la cólera lo sacudiera como una ola en la playa cuando la puerta se abriera. Oyó la cerradura que se abría y la luz lo bañó cuando la puerta se abrió de golpe.
Hubo un momento de silencio.
– Hijo de puta -exclamó Mark Wolfe.
Adrián asintió con la cabeza.
– Tengo algo que le pertenece -le informó.
– A la mierda. Démelo. -Mark Wolfe lo agarró, como si al sacudir a Adrián por la chaqueta pudiera recuperar el ordenador.
Adrián no sabía quién le estaba gritando instrucciones en la oreja - ¿Brian? ¿Tommy? - pero se tambaleó hacia atrás, evitando que el delincuente sexual lo agarrara, y de pronto se dio cuenta de que tenía la automática nueve milímetros de su hermano en la mano, y le estaba apuntando directamente a Wolfe.
– Tengo preguntas para hacer -dijo Adrián.
Wolfe retrocedió. Miró el arma. La presencia de la nueve milímetros pareció arrojar un manto de calma sobre su rabia.
– Apuesto a que usted ni siquiera sabe cómo usar eso -lo desafió con voz ahogada.
– Sería poco prudente por su parte poner a prueba esa teoría -respondió Adrián en tono pedante. Le sorprendía todo el hielo que había en cada una de sus palabras. Pensó que debía estar asustado, nervioso y tal vez afectado por su enfermedad, pero parecía curiosamente concentrado. No era una sensación del todo desagradable.
El arma captaba toda la atención de Wolfe. Parecía encontrarse indeciso entre echarse hacia atrás y salir de la línea de fuego, o saltar hacia delante y tratar de quitársela por la fuerza. Estaba inmóvil como la imagen detenida de una cámara. Adrián levantó un poco el arma y apuntó a la cara de Wolfe.
– Usted no es policía. Usted es profesor, por el amor de Dios. Usted no puede amenazarme.
Adrián asintió con la cabeza. Se sentía extraordinariamente sereno.
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